viernes, 19 de mayo de 2017

'Alien: Covenant', Ridley Scott

Hace 5 años, 33 tras el estreno de la película fundadora de la saga Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), y 5 después de la última vez que vimos a los xenomorfos en pantalla con Alien Vs. Predator 2: Requiem (Alien Vs. Predator 2 The Brothers Strause, 2007), Ridley Scott decidió regresar triunfalmente a su franquicia con una precuela que explicara los porqués y los cómos de su más famosa creación. Lo que el público esperaba con este regreso era lo que el público siempre espera, más de lo mismo. Una revisitación de la película original pero actualizada a nuestros días (luego nos preguntamos por qué se están haciendo ahora tantos remakes disfrazados de secuelas) pero Scott tomó ejemplo de George Lucas y decidió que si iba a volver a su saga sería para contar algo nuevo. El resultado, Prometheus (Prometheus, Scott,2012), fue exactamente lo que había prometido, un vistazo a los orígenes del mito, algo diferente. La película nos presentaba a los Ingenieros, la raza creadora de la humanidad, filosofaba sobre el origen de nuestra especie y planteaba nuevos horizontes para una saga ya bastante quemada. Pero de aliens lo cierto es que andaba escasita. Había, pero poco. La opinión de crítica y público se echó encima de Scott por este giro pero la taquilla lo respaldó aunque timidamente (cosechó 403 millones a nivel global sobre un presupuesto de 130, datos de Box Office) así que la saga no terminó de morir, solo quedó en barbecho de nuevo a la espera de un nuevo enfoque. Enfoque que ha llegado con Alien: Covenant (Alien: Covenant, Scott, 2017), segundo intento por parte de Twenty Century Fox de resucitar la franquicia con Scott al mando de nuevo.


En Alien Covenant, un transbordador lleno de colonos en sueño criogénico acabará en el planeta en el que ocurría la acción de Prometheus –el planeta natal de los Ingenieros– y su tripulación acabará enfrentándose a los xenomorfos de toda la vida –los que no se dejaban ver en Prometheus. Y aquí sí se nos cuenta el origen de estos. La película deambula muy hábilmente entre la secuela y el reboot cogiendo conceptos de Prometheus y pasando de largo otros sin llegar a negarlos. De esta manera se evita la asociación negativa con aquella película pero se mantienen los conceptos que allí se crearon y algunos personajes que se han salvado de la quema. Ver Alien: Covenant es casi como ver una discusión entre Ridley Scott y los ejecutivos de la Fox. El veterano director tiene su propuesta de continuación de la saga, desarrollando todo el concepto metafísico que creó en la cinta anterior, con mucha más reflexión y menos acción, a sus 79 años ya no tiene el interés de hacer una película de terror espacial sino que tiene otras prioridades en su cabeza. Por otro lado el estudio le pone cifras encima de la mesa. Cifras y críticas de Prometheus, y cifras de los últimos éxitos cinematográficos de los últimos años. El camino está claro, hay que dar al espectador lo que quiere, más de lo mismo, Scott tiene que buscar una heroína que recuerde a Ripley (Sigourney Weaver) y hacerla luchar con un alien de los de toda la vida. Scott se resiste, negocia a cambio mantener al androide David de su anterior película. El estudio le dice que vale, que mantenga al androide si quiere pero es innegociable la presencia de facehuggers y chestbusters. El director reclama que a cambio, la acción tendrá lugar en el mundo natal de los Ingenieros, está empeñado en terminar de contar su historia. Los ejecutivos le dan el ok definitivo pero con la condición de que escriba una escena final lo más parecida a la de Alien, el octavo pasajero que deje al público ebrio de nostalgia. Fin de la discusión las claves de la película ya están decididas.


No sé hasta qué punto esta conversación existió o fue así en algún momento, pero ciertamente la película parece debatirse entre la historia metafísica y reflexiva que profundiza sobre el origen de nuestra especie, y relevancia de la misma en el conjunto del universo y la vida; y la película de acción protagonizada por gente disparando y muriendo sangrientamente a manos de los aliens. Definitivamente la primera es mucho más interesante que la segunda. Son las escenas más estimulantes de la película aquellas protagonizadas por David y Walter (Michael Fassbender en ambos casos) en conjunto, y los debates que tienen sobre la vida, la humanidad, el futuro, etc., por otro lado la cinta baja enteros cuando se dedica a ser una secuela más de la saga abundando en la sangre, los disparos, y unos monstruos que hace años que dejaron de dar miedo. Scott siempre ha sido un director muy efectivo en las escenas de acción pero no llega a pasar de ahí, y Alien: Covenant no es la excepción. La acción está bien planificada y bien rodada pero no aporta nada que no hayamos visto ya e incluso queda demasiado empañada por los efectos digitales lo que provocará un envejecimiento demasiado prematuro de la cinta. Si Fassbender se lleva de lejos lo mejor de la película, Katherine Waterston (Daniels), construye a una pseudo-Ripley con las diferencias justas como para darle un carácter propio pero pierde, de nuevo debido a los efectos digitales toda la fisicidad que Sigourney Weaver tenía en las películas originales.



Ridley Scott parece a su edad interesado en explorar nuevos caminos en su franquicia. Abrir nuevos campos los que se alejen de lo visto en las anteriores secuelas (que no dejaban de ser repeticiones hipervitaminadas del concepto original), y explorar facetas de su universo que no se han tocado antes. Lo consiguió con Pometheus pero el público le dio la espalda y ha encontrado con Alien: Covenant la forma de seguir su camino sin perder el enfoque que le exige la taquilla. La respuesta de los mercados ante esta propuesta decidirá el tono que tendrá la anunciada próxima película de la saga también dirigida por Scott, que puede ser el desarrollo definitivo que busca el director para su universo o simplemente una nueva oportunidad de ver aliens asesinando humanos.

domingo, 7 de mayo de 2017

El Capitán América de Nick Spencer, reflejo de una epoca

[Advertencia: En el presente texto pueden desvelarse detalles importantes sobre Civil War II, Capitán América y Civil War II, El Juramento]


En 2006, Marvel publicó la que probablemente haya sido una de las más exitosas sagas de toda su historia, Civil War. Escrita por Mark Millar y dibujada por Steve McNiven, Civil War hablaba, como lo hace la buena ficción, de lo que ocurría en el mundo en aquel momento. La base de la historia eran superhéroes pegándose unos a otros, pero el trasfondo, en ningún momento oculto, hablaba sobre libertades sociales. En plena era Bush, el control por parte del gobierno de la vida de los ciudadanos era un tema candente y dio pie a Millar a contar esta historia en la que un racionalista Iron Man pretendía aprobar una ley que obligase a todo superhéroe enmascarado a registrarse y estar de este modo controlado. Por otro lado, un idealista Capitán América luchaba en contra de ello abogando con un carácter contestatario por la libertad total, el dejar hacer sin control. Civil War fue todo un éxito de ventas y durante todos estos años ha tenido buena consideración por parte de aficionados y crítica reportando a Marvel cuantiosos beneficios incluso en forma de película –que digería de forma algo más ligera esta misma cuestión.


En 2016, diez años después de la publicación de aquella Civil War, Marvel vuelve a lanzar una serie con el mismo título, Civil War II con el objetivo de recordar el éxito de aquella y dotarla al mismo tiempo del mismo marchamo político y social que su precedente, una forma de aportarle a esta nueva serie la misma categoría social que tuvo aquella, antes incluso de publicarse. Para esta ocasión el escritor elegido ha sido Brian Michael Bendis, timonel del rumbo de Marvel en la última década y arquitecto tras bambalinas de la Civil War original si escuchamos ciertos rumores. No es el objetivo de este texto analizar el resultado de esta Civil War II de la que ya se ha escrito suficiente, pero baste decir que ha tenido un comienzo correcto con unos primeros números prometedores y una segunda mitad decepcionante. Quizá la gran oportunidad perdida de Civil War II haya sido no ahondar en lo que pareció ser durante unos números uno de los temas centrales de la obra, pero que acabó diluyéndose en un conjunto no demasiado sólido, el profiling. Para todo aquel que no sepa a qué se refiere este término, recomiendo leer el breve artículo de Santiago García en el que lo explica perfectamente –puede encontrarse descargable en el número 11 de la revista de Panini Marvel Age–. Pese a que en un comienzo se había promocionado por activa y por pasiva que el leit motiv de Civil War II era el castigo preventivo y la moralidad de este, por un momento pareció que era una estratagema para tratar el tema del racismo y los prejuicios en una sociedad –especialmente la americana que, no olvidemos, es dónde se gestan estos cómics- que de esto tiene en buena cantidad y hoy día más vigente que nunca. Pero como con otros temas también presentes en la obra –el alcance que debe tener la autoridad, la comunicación, la responsabilidad del poder, etc– acaba perdiéndose en un maremágnum de batallas superheroicas que ni siquiera están bien contadas. Pero el mayor error de todo esto ha sido pretender dotar a Civil War II de un papel que no le corresponde. Al titular así la serie se le ha colocado una corona más pesada de lo que puede sostener, haciendo que todos los focos apunten hacía ella en lugar de prestar atención a la verdadera secuela espiritual de Civil War, que es la etapa del Capitán América que está llevando a cabo Nick Spencer.


Spencer tomó a comienzos de 2016 las riendas de la cabecera del Capitán America con el hándicap de no poder utilizar al personaje titular que tras el final de la etapa anterior a cargo de Rick Remender había quedado envejecido y en un segundo plano. El escritor aprovechó por tanto el aparente perfil bajo de la serie en aquel momento, para contar lo que verdaderamente quería contar con el protagonista que tenía, Sam Wilson el antiguo Halcón, haciendo esta vez sí de forma exitosa, una fotografía de la sociedad americana actual. Puso el foco sobre temas a los que los cómics no suelen enfocar como el racismo, la discriminación, el poder, la corrupción y tantos otros que llenan los telediarios actualmente pero que parecen lejos del campo de actuación de un personaje como el Capitán América. La falta de Steve Rogers en la cabecera fue precisamente una oportunidad más que una desventaja pues dotó a Spencer de un pódium más alto de lo normal para contar su historia. El alcance que tiene una serie como Capitán América es mucho mayor que el que pueda tener cualquier otra serie secundaria y de un modo que algunos pueden encontrar inexplicable ha conseguido que su historia se convierta en el centro del Universo Marvel actual y precursora del próximo gran evento de la editorial: Imperio Secreto. En la serie, Sam Wilson, el actual Capitán América se enfrenta a políticos, hombres de negocios, corporaciones millonarias y lo que es más importante aún –y lo que la entronca directamente con la Civil War de Millar y las consecuencias que sobrevinieron a esta– contra el propio gobierno de los Estados Unidos. 



Spencer ha seguido con detalle el panorama político de su país en los últimos meses y ha utilizado la serie para plasmar su opinión. Así hemos podido ver en las páginas del Capitán América, como si de un periódico se tratase, el progreso de los movimientos radicales de derechas, el racismo y el rechazo creciente hacia pueblos vecinos como Méjico, el control absoluto con el que el gobierno pretende manipular la verdad o la censura hacia la libertad y la información. Incluso un pequeño evento como Punto Muerto –escrito también por Spencer– criticado por empañar la continuidad de las series de Vengadores sirvió al escritor para ahondar en estos temas. Pero no hay que entender Punto Muerto como un evento de Los Vengadores, sino como un arco más de la etapa de Spencer a cargo del Capitán América. La historia sirvió para traer de vuelta al Capitán América original; en las últimas páginas de la colección un rejuvenecido Steve Rogers volvía al servicio activo de nuevo presagiando lo que parecía el fin de la interesante etapa que estábamos viviendo.

Nada más lejos de la realidad. A partir de este momento la serie se dividió en dos, manteniendo a Sam Wilson con las tramas que estaba llevando hasta entonces y comenzando un título nuevo con Steve Rogers como cabeza de cartel. Y la maquinaria propagandística de Marvel entró de nuevo en acción. En el primer número de esta nueva colección se desvelaba el gran secreto, el Capitán América era y siempre había sido un agente de Hydra, la organización terrorista por excelencia de la editorial. Más allá de estúpidas controversias y aún más estúpidas reacciones, se trataba obviamente de una estrategia de Marvel –y van…– para crear conversación sobre la serie y por ende la editorial. Pero de nuevo, Spencer demostró que era capaz de más de lo que se le suponía y durante todos estos meses ha estado construyendo una serie madura e interesante que poco tiene que envidiarle a la protagonizada por Sam Wilson. 

Poco a poco ha ido convergiendo ambas series sobre un mismo tema y ahora las utiliza para criticar la política estadounidense e indirectamente la sociedad que la sustenta desde dos puntos de vista complementarios. Una de las cuestiones más interesantes de esta etapa ha sido el enorme paralelismo que ha tenido con los eventos reales ocurridos en Estados Unidos con el ascenso y triunfo de Donald Trump como presidente del país. Queda para la especulación saber cuánto de lo que Spencer cuenta en estas páginas fue previsto por él antes de que ocurriera y cuánto han influido los sucesos reales en sus guiones. Pero lo cierto es que la etapa está tan imbricada en la realidad actual que hemos podido leer en ella por ejemplo a grupos racistas patrullando la frontera con Méjico, o tramas políticas con el fin de ocultar espionaje del gobierno a ciudadanos norteamericanos.

Y en estas que estalló la segunda Guerra Civil superheroica. El evento orquestado por Bendis irrumpió en la trama que Spencer estaba contando cortándola de repente como suelen hacer esta clase eventos en tantas series. Si en la Civil War original el Centinela de la Libertad había sido uno de los principales contendientes, parecía difícil que retomara su papel en la actualidad y hacer encajar eso con la trama del agente doble de Hydra que Spencer estaba contando. Sin embargo se ha logrado –probablemente gracias al trabajo conjunto entre Bendis y Spencer– darle un papel clave en el evento sin echar por tierra los argumentos de su serie principal. Spencer ha sabido llevarse el evento a su terreno y ha hecho que la participación del personaje en la serie sea una continuación lógica de lo que estaba viviendo en su propia serie y a la vez un prologo perfecto para lo que vendrá en el futuro cercano. 

Y finalmente llegamos a Civil War II. El juramento, el número único que hace las veces de epílogo del eneto y de prólogo de Imperio Secreto, escrito acertadamente, no por Brian Bendis, sino por Nick Spencer. La Guerra Civil ha terminado, Tony Stark ha quedado en un extraño coma y la Capitana Marvel ha resultado vencedora con un cheque en blanco por parte del gobierno, libertad total para hacer lo que considere oportuno bajo la bandera de la seguridad nacional. De nuevo el reflejo de la política norteamericana actual, carta blanca con la pronunciación de las palabras mágicas: seguridad nacional. Y es en este cómic en el que se explica en detalle la situación actual del Universo Marvel y el mensaje que se pretendía transmitir en el evento principal pero que nunca llegó a eclosionar verdaderamente. Spencer plantea lo que prácticamente es un monólogo de Steve Rogers frente al cuerpo en coma de Tony Stark. Rogers recrimina a este todo lo que la comunidad superheroica –clara metáfora de la clase dirigente– ha estado haciendo en los últimos años, cada vez más preocupada en su propia supervivencia y más alejada de la realidad de la ciudadanía: 

“Os llamáis líderes mientras os peleáis por la autoridad y el derecho de primacía, intentando quedar bien mientras que la verdad es que os habéis divorciado por completo de las personas que afirmáis proteger. No entendéis lo que quieren o necesitan de vosotros.” 

De nuevo Spencer retoma el tema que ha ocupado la mayor parte de la serie de Sam Wilson, la lucha del pueblo, la rebelión contra el poder establecido, la defensa de unos valores y de una justicia que no es la que el poder ejerce: 

“(…)pero esta gente es real, Tony. No tienen tanta suerte. Y tal vez no quieran esta utopía progresista y futurista que estáis construyendo. (…) Tal vez te lo hubieran dicho si te hubieras molestado en preguntar. Si no hubieras hecho como si no existieran. Y eso es lo que más les enfurece, supongo. Ver como voláis cada vez más alto mientras que ellos se hunden cada vez más bajo. Levantáis torres refulgentes llenas de nuevas tecnologías, abrís puertas a nuevos mundos, y luego los dejáis atrás revolcándose en el polvo.”

Y este desacuerdo con el poder, este enfrentamiento con el gobierno solo puede llevar a una conclusión, la revolución:

“Voy a destruir todo lo que has levantado. Voy a derribar las instituciones que habéis utilizado para daros poder. Voy a reducir todo por lo que habéis trabajado, todo por lo que habéis sangrado, a un montón de escombros y cenizas…”

Spencer pone en boca de Rogers algunas de las reclamas liberales que más se han oído en los últimos meses, sobre todo en contra de Trump y su política. En un momento del cómic tiene una conversación con la Capitana Marvel que tiene la intención de construir un muro de defensa planetario que impida que nadie entre ni salga del planeta sin control. No es necesario destacar la metáfora:

“Separarnos del resto del universo, aislarnos…eso no es defensa, eso es un mensaje. Sabes exactamente lo que estaremos diciendo a todas las criaturas vivientes a ambos lados.”

La política del todo vale, del fin justifica los medios ya no es válida:

”Crees que hay un nivel de efectividad que te permite separar la solución de la moral. No funciona así, Carol. Si algo está mal, está mal.”

Civil War II. El juramento sirve pues de resumen de todo lo que Spencer ha estado contando desde que se hizo cargo del personaje y de preparación para el siguiente acto. El ideario mostrado por el guionista en ambas cabeceras está aquí condensado en una crítica directa y sin paliativos, no solo a Trump sino a toda una clase dirigente que no únicamente se encuentra en Estados Unidos. El aspecto más interesante del cómic está, sin embargo, en la quién dice estás palabras. Steve Rogers es en la actualidad –mal que les pese a algunos– miembro de Hydra, una sociedad terrorista y abiertamente declarada fascista. Es desde el fascismo por lo tanto desde dónde Rogers critica la sociedad actual y desde donde pretende proponer la solución. Las páginas finales con la visión de Rogers de la sociedad ideal no dejan dudas al respecto con campos de concentración, adoctrinamiento y tantos otros ingredientes asociados históricamente al fascismo. Puesto que la ideología política de Spencer está lejos del fascismo, queda por ver cómo logra casar estas ideas en los próximos meses especialmente en Imperio Secreto cuando Steve Rogers tendrá que hacer honor a su juramento y rendir cuentas por sus actos. También interesante desde el punto de vista del desarrollo del personaje ver a un Steve Rogers que pese al cambio de realidad que le asocia a Hydra continúa siendo la misma persona y defendiendo los mismos valores que ha defendido siempre. Parece sostener Spencer que el talante moral de una persona no depende de su afiliación sino de los valores sobre los que se sustente. Una idea muy acorde con el espíritu de toda su etapa.

Civil War. El juramento es con toda seguridad lo mejor de toda la saga –aunque técnicamente no pertenezca a la misma– y se entiende mejor como complemento de la etapa de Nick Spencer en el Capitán América que como epílogo aislado del evento de turno. Tomémoslo pues como un punto y aparte en la epopeya que está narrando Spencer, como un espacio para recapitular y avanzar al siguiente nivel que llegará con Imperio Secreto. La serie del Capitán América ha sido tradicionalmente una cabecera dada a la reflexión política y Nick Spencer ha seguido la tradición dejando una etapa memorable que será recordada en el futuro como crónica de un momento histórico determinado. Ocurra lo que ocurra durante Imperio Secreto

martes, 2 de mayo de 2017

'John Wick: pacto de sangre', Chad Stahelski

Es casi obsceno ver cómo los estudios gastan millones en grandes producciones que uno tiene la sensación, desde el momento de leer el argumento, de que la película va a rodarse debido únicamente al capricho del productor de turno. Mientras tanto, directores cuasi desconocidos llevan a cabo sus propuestas de género más pequeñas, más baratas y mucho más personales sorprendiendo a propios y a extraños con cintas narradas con pasión y buen pulso. John Wick (Otro día para matar) (John Wick, Chad Stahelski, 2014) fue una de estas películas. Chad Stahelski y David Leitch –a pesar de no estar acreditado como director– son dos experimentados especialistas de cine que tras participar en decenas de películas querían dar el salto a la dirección y lo hicieron con este neo-noir adrenalínico protagonizado por un asesino profesional que se ve forzado a volver de su retiro. Y de paso resucitaron a Keanu Reeves y lo reintrodujeron en el panorama actual, algo que el actor llevaba años intentando sin éxito. La película quedaba lejos de ser una cinta perfecta, pero un contundente carisma y una propuesta aunque no original sí alejada de las principales corrientes narrativas actuales, hicieron que John Wick (Otro día para matar) se convirtiese a pesar de su casi nula promoción –en nuestro país ni siquiera llegó a estrenarse en salas de cine– en una pequeña película de culto. Tres años después, Stahelski, esta vez en solitario, vuelve a ponerse tras las cámaras para demostrar que el éxito de John Wick (Otro día para matar) no fue cosa de la suerte del principiante y que hay una propuesta sincera y contundente en su visión del cine de acción.


De nuevo con guión de Derek Kolstad, John Wick: Pacto de sangre (John Wick: Chapter 2, Chad Stahelski, 2017) retoma al personaje poco después del final de la primera película, atando los cabos que allí quedaron sueltos en una escena introductoria que plasma en pantalla lo que hizo triunfar a la primera película: escenas de acción contundentes, bien coreografiadas y bien planificadas, para dejarlo atrás rápidamente. Mientras que en la primera cinta John Wick (Keanu Reeves) se movía impulsado por el amor, entendiendo este de diversas formas: el amor a su mujer muerta –no nos engañemos, la acción no arranca porque maten a su perro, sino porque le quitan lo último que le quedaba de la mujer que había salvado su vida–, el amor a su coche, el amor a su trabajo ya olvidado; en esta continuación la única emoción que queda es la venganza, un sentimiento puro y descarnado de venganza. A este respecto cabe mencionar todas las molestias que toma por recuperar su coche, para acabar este completamente destrozado. Es lícito preguntarse si John Wick organiza toda esa escabechina para recuperar su coche o simplemente para vengarse de quienes se lo han quitado. Este sentimiento recorre toda la cinta siendo prácticamente el motor de la cinta y lo que provoca todas las acciones que acontecen. 

Pero tampoco vayamos a darle a la película más trasfondo del que tiene. No es una película que se caracterice por la profundidad de sus personajes ni tampoco lo pretende. De hecho podríamos decir que John Wick es prácticamente el mismo personaje desde el inicio de la primera película hasta el final de esta. No evoluciona, no cambia. Tan solo es una máquina de matar inmutable e imparable. Ese es precisamente su atractivo y el gran aliciente de la saga. Lo que el espectador quiere ver es a John Wick siendo John Wick. Y de esto hay mucho y bueno. 



Después de haber terminado con su venganza particular, John Wick regresa a su hogar y a su vida de paz, llegando incluso a enterrar las armas de nuevo, cuando aparece en su puerta Santino D’Antonio (Riccardo Scamarcio), un antiguo conocido que tiene con él un pacto de sangre. Esto es un acuerdo entre criminales que obliga a quien lo contrajo a cumplir cualquier petición que el otro le haga. En esta ocasión, D’Antonio quiere que Wick acabe con su hermana para tomar su posición en el control del submundo criminal. Tras una breve negativa y su lógica consecuencia John Wick acabará aceptando la misión y de nuevo la venganza lo llevará a prolongar su misión más allá de lo previsto.
John Wick: Pacto de sangre sigue a rajatabla las convenciones de una secuela y presenta básicamente lo mismo que su predecesora pero “más”. Cambiamos las calles de Nueva York por las catacumbas de Roma, en lugar de enfrentarse a una pequeña organización criminal rusa acaba haciéndolo con prácticamente todos los asesinos de la ciudad y el submundo criminal apenas insinuado en la primera parte –uno de los grandes atractivos de la saga con sus códigos, sus normas e incluso su propia moneda de pago– es aquí ampliado en todos los sentidos. Descubriremos que el Continental es una franquicia con establecimientos por todo el mundo, conoceremos al sumiller de armas, los pactos de sangre, la existencia de la Alta Mesa y muchos otros elementos que amplían la mitología de la saga. 


Y además de todo esto están las escenas de acción que continúan siendo el principal aliciente de la franquicia. Como conocedor de primera mano del género, Stahelski filma la acción con pulso firme ofreciendo escenas coreografiadas con mimo. No abusa de movimiento excesivo de cámara tan manido desde que lo usara Paul Greengrass en la saga Bourne –y nunca vuelto a utilizar tan magistralmente como él lo hizo– y opta por el camino contrario, mostrar todos y cada uno de  los movimientos de la acción, paladeando la coreografía y editándola cuidadosamente para no perder ni un solo movimiento de los actores. Además añade un cierto estilo visual quizá algo deudor de la saga Matrix en la elección de la música y la iluminación pero actualizado a 2017 que da como resultado escenas de acción tan memorables como la de los espejos en el museo. La principal balanza de John Wick: Pacto de sangre está en los personajes que se llevan la mejor y la peor parte de la cinta. En el lado positivo tenemos a Winston (Ian McShane), espléndido como siempre, o a Cassian (Common) que comparte con John Wick las mejores escenas de la película, tanto con acción como sin ella; pero en la parte negativa encontramos a un villano totalmente insípido y al personaje de Laurence Fishburne que no tiene ninguna excusa argumental sólida por la que estar presente en la cinta más allá del factor nostálgico de ver juntos de nuevo a los protagonistas de Matrix (The Matrix, Lana y Lilly Wachowski, 1999).


John Wick: Pacto de sangre retoma, amplia y mejora la saga iniciada con John Wick (Otro día para morir) y deja la puerta más que abierta para una segura tercera parte. Si esta sigue el mismo camino, tendremos probablemente una de las mejores sagas de acción de los últimos años, pero el desafío está en dos puntos: por un lado mantener la solidez en las escenas de acción sin caer presa del gran presupuesto virando hacia una acción más “superheroica” y digital y por otro, conservar el espíritu de película pequeña que la primera parte realmente tenía y que esta hace el esfuerzo de mantener, y que, de nuevo debido al aumento de presupuesto, no se les vaya la mano ampliando la mitología y ensuciando lo que está siendo un buena saga.

martes, 25 de abril de 2017

'The wicked + The divine. El acto faústico', Kieron Gillen y Jamie McKelvie

Norma publica tras varios años una de las series de Image más esperadas, The wicked+ the divine de los británicos responsables de Jóvenes Vengadores y Phonogram (también a publicar por Norma en unos meses), Kieron Gillen y Jamie McKelvie. WicDiv como sus propios autores la llaman es una historia de contrastes que mezcla mitología con tecnología, tradición milenaria con la cultura millenial. Cada 90 años 12 dioses de los más variados panteones divinos de la historia de la humanidad se reencarnan durante dos años, tiempo que dedicarán básicamente a pasarlo bien aprovechándose de sus poderes divinos.

La acertada metáfora presentada por Gillen y McKelvie nos muestra a las actuales estrellas del pop, los Bieber y compañía como los nuevos dioses de nuestra cultura, alabados y reverenciados por millares de jóvenes que se enfrentan unos a otros en las redes por la defensa de “su” dios. Personajes cuyo más mínimo gesto, acción o tweet es analizado y comentado por todo el globo en cuestión de minutos. Jóvenes que jamás han conocido ni conocerán a la estrella del momento pero que conocen sus discos nota a nota, los veneran copiando su corte de pelo o su forma de vestir. Lo que antes era una figura de escayola sobre un altar ahora es un poster en la pared o un fondo de pantalla en el móvil, pero no deja de ser lo mismo, una imagen que poder reverenciar, un recuerdo constante de que el ser admirado está siempre presente en nuestra vida, sea este el dios de nuestros padres o una adolescente irreverente desconocida apenas un año atrás.


Gillen coloca como protagonista a una de estas adolescentes en busca de modelo a seguir, en busca de un dios que le marque el camino. Laura, una joven de 17 años, sigue a estos nuevos ídolos allá donde van, acude a todos sus conciertos, se maquilla como ellos y finalmente, por azar del destino acabará conociendo a una de ellas, Luci, abreviatura de Lucifer. Luci introducirá a Laura en un mundo nuevo para ella y le permitirá moverse detrás de los focos. Así se verá envuelta en una trama de misterio y asesinato que la llevará a conocer uno a uno a todos los dioses reencarnados en esta época. Un dios ha asesinado a un juez y quien todos creen que lo ha hecho no ha sido. O quizás sí. Capítulo a capítulo Gillen y McKelvie van presentando a los dioses, cada uno con sus peculiaridades, una con instintos felinos, otra apenas una niña, otro un antiguo dios asirio al que todos confunden con uno fenicio, y nos van presentando su pequeño drama, como reza el lema de la serie “que seas inmortal no quiere decir que vayas a vivir para siempre”, y dos años no son demasiado tiempo. Al final, pese a todo el boato, la luz, los colores y los poderes, pese a los efectos que producen entre los mortales creyentes, los dioses no son sino seres caprichosos que quieren disfrutar del carpe diem, hacer trastadas sin recibir demasiadas consecuencias al respecto. A este respecto es muy interesante la figura de Ananké, una anciana que hace las veces de madre y cuidadora de los dioses. Ella es la que los trae de vuelta cada 90 años y la que dicta las reglas que pueden o no seguir. En un momento determinado al final del tomo, y como haría una madre que quiere justificar la travesura de uno de sus díscolos hijos dice: “los mortales siempre han mostrado más interés en los dioses que estos en los mortales. Por lo general los dioses no desean nada más que adoración.” Esto no deja de ser un comentario hacia la religión organizada, pues las acciones de un determinado culto no vienen marcadas, viene a decir Guillen, por la voluntad del dios de turno, sino por la voluntad de sus seguidores. El dios solo desea veneración, los celos, el egoísmo y todo lo demás vienen del otro lado.

Otro debate presente en el cómic y que entronca con el concepto de los nuevos dioses y las juvetudes que lo veneran, es el encarnado en Cassandra, periodista co-protagonista del cómic y opuesta al personaje de Laura. Mientras Laura es todo admiración y devoción, y solo tiene buenas palabras y reverencias por estos personajes que dominan las portadas y las paredes de la ciudad,  Cassandra es todo escepticismo y altanería. Ella tiene estudios y un master en mitología comparada y no puede rebajarse al nivel de las masas crédulas, ella es inteligente, ella sabe. Juntas representan las dos caras de una cultura joven formada a partes iguales por quienes buscan formar parte de algo mayor, ser seguidores de un grupo con códigos y símbolos propios y quienes creen estar por encima de eso gracias a su conocimiento de verdades que no son sino los códigos de su propio grupo. Enfrentados y opuestos, ambos forman parte del mismo juego y ambos grupos lo juegan con las mismas reglas, algo que se verá reflejado en el momento en que ambos personajes lleguen a un entendimiento y acuerden colaboración. De hecho, pese a todos los conocimientos de Cassandra, será Laura la que conozca la identidad de uno de los dioses gracias a una rápida búsqueda en la Wikipedia. 

Solo con este primer tomo Gillen y McKelvie presentan una serie sólida y llena de trasfondo, que no solo muestra acción y espectáculo sino que va más allá, hablando de nuestra cultura y de nosotros mismos. Con una narrativa algo gamberra y un dibujo que ya quisieran muchos The Wicked + The Divine es probablemente una de las mejores series independientes de la temporada.



lunes, 17 de abril de 2017

'El día más largo del futuro', Lucas Varela

En Entendiendo el cómic, el dibujante y teórico del noveno arte Scott McLoud, tras una extensa disertación acaba definiendo el cómic como “ilustraciones yuxtapuestas y otras imágenes en secuencia deliberada” pero para simplificar acaba volviendo a la definición clásica de Will Eisner, “arte secuencial”. Si aceptamos la definición de Eisner, probablemente El día más largo del futuro de Lucas Varela publicado por La Cúpula sea el cómic más puro que puede encontrar actualmente uno en las librerías. Narración gráfica en su sentido más honesto.

Varela cuenta en un cómic de 120 páginas una historia de espionaje industrial, grandes corporaciones, visitantes del espacio exterior, pequeños personajes envueltos en grandes tramas y mucha aventura loca y futurista sin una sola palabra, únicamente usando el dibujo. Y aunque el dibujo es importante no es lo más importante. Lo fundamental aquí, lo que convierte El día más largo del futuro en un cómic maravilloso es la narración gráfica que despliega página tras página. En 120 páginas de viñetas sin texto no hay ni una sola vez en la que la historia se desvíe de su camino, ni una sola vez en la que el lector se pierda algún aspecto de la narración, ni una sola viñeta carente de sentido. De hecho cada viñeta arrastra al lector con naturalidad hacia la siguiente viñeta y esta a su vez hacia la siguiente como si estuviéramos viendo una tira de fotogramas en la que ninguna viñeta sobra ni ninguna viñeta falta. Varela despliega toda una gama de géneros y los domina todos con igual maestría. Da igual que estemos viendo a un aburrido oficinista en su rutina diaria de camino a un trabajo alienante e hipercontrolado, que una batalla a muerte entre robots asesinos en una suerte de circo futurista. La línea clara de Varela funciona por igual independientemente del terreno por el que se mueva.

El día más largo del futuro nos presenta la sociedad del futuro, una sociedad dominada por dos grandes corporaciones alimenticias. Como si McDonalds y Burguer King dominasen el mundo y luchasen por la supremacía. Si no trabajas para unos trabajas para otros y no hay medias tintas. Has de amar a tu marca y odiar la contraria, aunque en la práctica estén incluso mezcladas en las mismas calles. Asusta pensar lo cerca que esta estampa está de una realidad en la que las marcas ya no buscan clientes sino fans, y no contratan trabajadores sino embajadores, donde el logo de una empresa se luce con orgullo de pertenencia como seña tribal y donde si tienes un sistema operativo tienes obligatoriamente que odiar los demás. Lo que nos cuenta El día más largo del futuro es la historia de dos personajes perfectamente inmersos en esta sociedad y completamente infelices. Un hastiado oficinista sin más motivación en la vida que la rutina diaria de un trabajo monótono y bajo constante vigilancia y un robot del hogar con un censurado afecto hacia los insectos que es obligado a ejercer violentamente contra otros. Ambos personajes se verán envueltos en una trama de espionaje industrial, usados cada uno por su corporación para destruir al rival sin importar en ningún momento su propia salud personal.


Siguiendo con Scott McLoud, la palabra clave de su definición de cómic es “yuxtapuesto”. A diferencia del cine, que está formado por imágenes que se sobreexponen una sobre la otra en el mismo espacio, el cómic está formado por imágenes que son mostradas unas junto a las otras, algo que puede ser una simple característica del medio o ser usado por manos hábiles como elemento narrativo y transmisor de la propia historia. Varela utiliza todos los medios a su alcance para hacer de El día más largo del futuro una historia fácil de leer y de entender, y crea con las viñetas hermosas composiciones, estableciendo relaciones entre ellas ya sea mediante los colores, la estructura de las mismas o las formas que las unen. Tan solo con echarle un vistazo a una página, el lector capta rápidamente la sensación adecuada. Si una escena ocurre en el interior de una casa, un espacio conocido y ordenado las viñetas son todas idénticas con la misma paleta de colores y la misma estructura interna, pero cuando un personaje sale al bullicio de la calle, el número de colores aumenta, las viñetas se llenan de formas y figuras y la página vista en conjunto parece mucho más caótica. Una vez acabada la obra se puede volver a leer sin detenerse en las viñetas, pasando únicamente las páginas, y el diseño que estas tienen transmite todo lo que es necesario transmitir. Puro cómic.

Viendo el trabajo que Varela ha hecho en otros cómics publicados como La Herencia del Coronel junto a Carlos Trillo o Diagnósticos escrito por Diego Agrimbau, o incluso las viñetas que publica en diversos medios como Clarín, The Financial Times o Rolling Stone se aprecia todavía más el arte de este argentino que lejos de quedar estancado en un único estilo parece tener facilidad para navegar con soltura entre varios de ellos. Y con El día más largo del futuro consigue algo que solo unos pocos hacen, y es que además de entretener y provocar la reflexión sobre lo que está contando, hace que el lector piense en el cómic como medio, como herramienta para contar historias. Es uno de esos libros que demuestran el enorme potencial del cómic como transmisor de historias y creador de arte y, lejos de lo que a menudo se piensa, el extenso camino que aún queda por recorrer. La innovación aún es posible, no todos los caminos están ya andados, y descubrirlos es cuestión de esfuerzo y pasión.

jueves, 13 de abril de 2017

'Power Rangers', Dean Israelite

Power Rangers (Id, Dean Israelite, 2017) comienza con el consabido flashback que pone en contexto todo lo que verás después, con Bryan Cranston (Zordon) haciendo de imposible Power Ranger Rojo y la última gran batalla contra Rita Repulsa (Elisabeth Banks) por la salvación de la Tierra, aprovechando por cierto, con todo descaro, para vincular la extinción de los dinosaurios con la llegada de los Rangers al planeta. Tras esto, una escena en la que Jason (Dacre Montgomery) huye de la policía en una persecución por el pueblo en el que tiene lugar la acción, Angel Grove. La persecución está filmada con una interesante cámara colocada en el centro del coche en su interior, y que va girando sobre su eje en un plano continuo hacia delante y hacia atrás una y otra vez, en un movimiento casi mareante mientras la persecución tiene lugar. La cámara muestra alternativamente lo que ocurre por delante y por detrás del vehículo, hasta el accidente final, que se rueda en el mismo plano sin mover la cámara de su eje mientras el coche da vueltas y vueltas destrozándose poco a poco. Tras esto un pequeño rótulo en la parte inferior derecha de la pantalla nos indica que estamos viendo una película de los Power Rangers. Nada de grandes letras a todo color, no una música impactante ni ningún efecto especial, pequeñas letras en la parte inferior derecha. Un comienzo extraño para una película como los Power Rangers.

Reflotar la franquicia para nuevas generaciones se presentaba como una tarea harto complicada. En la década de los 90 los Power Rangers fueron un auténtico bombazo gracias a la serie ¿original? creada por Haim Saban y fusilada de las series supersentai japonesas -quien no conozca a estas alturas la historia de cómo Saban cogió imágenes de la serie original japonesa y las mezcló con escenas rodadas en Estados Unidos para inventarse una serie completamente nueva, que la busque sin más tardar, no tiene desperdicio-, pero la calidad artística tanto de las distintas temporadas de la serie, que sigue emitiéndose en la actualidad, como de la exitosa Power Rangers: la película (Mighty Morphin Power Rangers: the movie, Bryan Spicer, 1995) dejaba bastante que desear. Al fin y al cabo la historia cuenta como cinco adolescentes reciben poderosas armaduras y robots gigantes con forma de dinosaurios para derrotar a una villana que responde al nombre de Rita Repulsa y que quiere destruir la Tierra y de paso al universo. Quién puede tomarse eso en serio.

Y precisamente ese es el punto fuerte de la película, no se toma en serio en ningún momento. Tiene una total falta de pretensiones que la convierte exactamente en lo que debe ser, una continuación espiritual de la serie original actualizada a los nuevos tiempos. En la serie de los 90 había batallas absurdas contra enemigos ridículos, diálogos que no merecían la consideración de tales y un argumento apenas mencionable, amén de tremendamente repetitivo. Todo aquello está presente en esta Power Rangers aliñado con un poco de siglo XXI y un mensaje buenista y simplón con el que los adolescentes de hoy puedan encontrar identificación. Todos para uno, la cultura del esfuerzo, la importancia de ser diferente, todo ello bien mascadito y puesto en boca de unos chicos que a pesar de pretender lo contrario no dejan de ser los chicos mas guays del instituto. Incluso el humor esta pasado por este filtro de actualidad–cf. La escena en la que un zord destroza un Camaro amarillo con dos franjas negras y el Power Ranger que lo pilota grita un “lo siento Bumblebee”-. Pero estos Power Rangers son los mismos que vimos en la televisión hace 20 años. Incluso los masillas que han sido ligeramente remozados son los mismos masillas de siempre. El culmen de todo esto es el inevitable y esperado plano lateral con los zords corriendo por el desierto y el archiconocido “go go power rangers” sonando de fondo.

A pesar de todo esto, o precisamente por la libertad que otorga asumir el propio espíritu de autoparodia, Israelite se molesta en buscar momentos interesantes dentro del maremágnum, como la citada e inusual escena inicial –que luego será repetida ya sin tanto impacto en la huída de la mina- o las escenas que ocurren bajo –o sobre- el agua. Así, mientras que otras sagas mucho más grandes se preocupan por gastar millones y contratar a estrellas para luego ofrecer productos pobres y sin garra –y me estoy acordando de Independence Day: Contraataque (Independence Day: Resurgence, Roland Emmerich, 2016)- Power Rangers sabe desde el primer momento en qué liga juega y puede construir desde ahí una película con algunos puntos interesantes y que exceptuando un tramo central demasiado lento, algo que acusan últimamente muchas películas de acción, resulta ser un efectivo vehículo de acción.

Mención aparte merece la escena post créditos, una herramienta que se ha convertido ya a estas alturas en un elemento casi ineludible en cierto tipo de cine como la femme fatale en el cine negro o la persecución de vehículos en el cine de acción, pero que excepto algunas destacables excepciones –lo de Shyamalan en Multiple (Split, M. Night Shyamalan, 2016) es inesperado y muy muy acertado- se ha convertido en algo totalmente rutinario y predecible. ¿Es necesario incluir a modo de escena post créditos una escena que cualquier aficionado a la serie original puede adivinar antes incluso de entrar en la sala?


lunes, 10 de abril de 2017

Tales From The Darkside, Joe Hill, Gabriel Rodríguez y Mario Benedetto

Para entender el origen de Tales From The Darkside, el cómic firmado por Joe Hill, Mario Benedetto y Gabriel Rodríguez, tenemos que remontarnos a 1983 cuando se emitió el primer episodio de la serie de televisión homónima. Esta era una serie antológica de terror producida por George A. Romero que se emitió en Estados Unidos en la década de los 80 y que surgió en parte gracias al éxito de algunas películas de terror que el realizador había estrenado recientemente, como la popular Creepshow.  Una de las personas que participó en la serie (acompañado por maestros como Clive Barker, Tom Savini o Fritz Weaver) fue Stephen King quien ya había colaborado con Romero escribiendo Creepshow y que aquí colaboró en dos episodios. Independientemente de que solo escribiese estos dos capítulos, las historias que aquí se contaban y el tono de la serie formaban parte de una conceptualización del terror de la que King era uno de los máximos exponentes en aquel momento. Esta herencia fue poco a poco anidando en la mente del más dotado de los hijos de King, Joe Hill.

Joe Hill quien muchos piensan que fue escritor de novelas antes que de cómics (no lo es, él mismo ha reconocido en más de una ocasión que llevaba escribiendo cómic mucho antes de publicar su primera novela) se ha convertido por derecho propio en el heredero físico y espiritual de Stephen King. Leer alguna de sus novelas es casi como leer a un primerizo King y hablando en público es la viva imagen de su padre. Igual que a él, a Hill lo que le gusta es contar historias y no le hace ascos a nada, ya sean cómics, novelas, relatos o series de televisión. Fue precisamente la propuesta de una serie de televisión la que dio origen al cómic que nos ocupa. En 2013, CBS Television Studios contrató a Hill para llevar a cabo un reboot de Tales From The Darkside para la cadena The CW. Hill sería el director creativo y escribiría o participaría en la creación de los guiones. De hecho llegó a escribir los tres primeros, uno de los cuales fue filmado como piloto en 2015. Lamentablemente, como tantas veces ocurre en el mundo de la televisión, el piloto no llegó a convencer a los responsables del estudio y la serie fue cancelada, dejando aparentemente la antología de terror de Hill en el cajón de los proyectos inacabados de forma indefinida. 

Con unos referentes como los que traía la serie y el autor, no tardó en salir la noticia de que IDW se iba a encargar de llevar los tres guiones ya escritos para la serie al formato cómic y, teniendo ya a Joe Hill, no pudieron resistir la tentación de emparejarlo de nuevo con Gabriel Rodríguez junto a quien había firmado esa obra maestra de terror que se llama Locke & Key para realizar un primer arco, con la esperanza de continuar la serie si este tenía éxito. Lo que finalmente fue publicado a finales de 2016 y que ahora llega a España de la mano de Panini es este primer arco de 4 números tras el que vendría un segundo tomo ilustrado con los guiones originales escritos por Hill para la serie de televisión y que Panini publicará durante el mes de abril.

Antes de continuar hay que aclarar una cosa. Aunque en la portada del cómic aparezcan los nombres de Joe Hill y Gabriel Rodríguez, y aunque en multitud de reseñas aparezcan los mismos nombres como autores únicos, hay que dejar claro que el cómic no está escrito por Joe Hill. Este se ocupa únicamente de los argumentos, que son adaptados al cómic por Michael Benedetto, a la sazón editor de la serie. Esto básicamente significa que la labor de Hill en este cómic fue pasarle los guiones para televisión a Benedetto y dejar que este hiciera el resto. El propio Benedetto lo expresaba así en una entrevista concedida para la web Slackjaw Punks :

 “(…) coger uno de los teleplays de Joe y estrujarlo hasta convertirlo en un solo número (o dos) que tenga sentido por sí mismo.” Y continúa, “Él (Joe Hill) revisó los borradores antes de que yo empezara a escribir cada número, pero después del primer número, pareció bastante dispuesto a darme luz verde a cualquier giro o cambio que yo pensara que podría funcionar mejor en el cómic

Esto, independientemente de lo que opinemos de la obvia maniobra comercial de IDW al vender la serie como un cómic de Joe Hill sin serlo, naturalmente se nota. Cualquier lector que haya disfrutado de Locke & Key y ahora lea Tales From The Darkside reconocerá el espíritu de Joe Hill en el fondo pero no en la forma. El Hill de Locke & Key es mucho más  sutil, no necesita expresar la acción en los diálogos para hacer avanzar la historia y estructura las escenas de una forma perfecta en las que nada sobra o falta. En las historias de Hill el terror no viene de fuera sino de dentro. Cuesta diferenciar en ocasiones si lo más aterrador es lo que al personaje le sucede o lo que tiene lugar en el interior de su mente. Esto, que en Locke & Key quedaba claro y, en muchas ocasiones incluso explícito de una forma magistral –recuerden la llave que abre la cabeza de las personas permitiendo sustraer de la misma los terrores que en ella habitan- aquí queda algo disuelto no sabemos si por la labor de un segundo guionista o por la propia naturaleza de refrito del producto. Sin embargo todo queda maravillosamente equilibrado con el excelente trabajo de Gabriel Rodríguez, capaz de mostrar el terror absoluto con un dibujo aparentemente inocente que no hace sino aumentar el impacto por el contraste. Rodríguez utiliza un diseño y una narrativa conservadora sin demasiados alardes visuales, pero lo compensa con un extraño disfrute por lo raro. Convierte escenas completamente normales en algo insólito con unas pocas variaciones y da al cómic el ambiente de misterio y miedo por lo desconocido que necesita. En todo momento el lector sabe que algo extraño ocurre ante sus ojos aunque muchas veces no es capaz de distinguir qué.

Tales From The Darkside tiene un inevitable aspecto de producto inacabado, no solo por ser la adaptación de algo que nunca llegó, sino también por la extraña decisión de no reescribir los argumentos para formar un todo autocontenido. Estos cuatro números siembran la semilla de lo que imaginamos posteriormente veríamos desarrollado en la serie y lo deja ahí, quedando la historia inconclusa y sin promesa de continuidad. IDW, como ha hecho en otras ocasiones, lanza el cómic al mercado y, dependiendo de la recepción del público, decidirá si publica una continuación o no. No solo queda la incógnita de la continuación, sino de si, de haberla mantendrá la firma de Joe Hill o, ante la inexistencia de más guiones escritos para televisión, será dejada en manos de terceros el devenir de la serie. Este segundo caso quizá sea la razón por la que el proyecto parece estancado. El mundo extraño y fantástico de Joe Hill es con toda seguridad una de las grandes bazas de esta serie y, sin él, probablemente sea mejor dejar Tales From The Darkside en una anécdota, en una breve recuperación de algo que no debió ser, un guiño para fans, unas historias extrañas sin fin que alimenten la imaginación del lector.