viernes, 19 de mayo de 2017

'Alien: Covenant', Ridley Scott

Hace 5 años, 33 tras el estreno de la película fundadora de la saga Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979), y 5 después de la última vez que vimos a los xenomorfos en pantalla con Alien Vs. Predator 2: Requiem (Alien Vs. Predator 2 The Brothers Strause, 2007), Ridley Scott decidió regresar triunfalmente a su franquicia con una precuela que explicara los porqués y los cómos de su más famosa creación. Lo que el público esperaba con este regreso era lo que el público siempre espera, más de lo mismo. Una revisitación de la película original pero actualizada a nuestros días (luego nos preguntamos por qué se están haciendo ahora tantos remakes disfrazados de secuelas) pero Scott tomó ejemplo de George Lucas y decidió que si iba a volver a su saga sería para contar algo nuevo. El resultado, Prometheus (Prometheus, Scott,2012), fue exactamente lo que había prometido, un vistazo a los orígenes del mito, algo diferente. La película nos presentaba a los Ingenieros, la raza creadora de la humanidad, filosofaba sobre el origen de nuestra especie y planteaba nuevos horizontes para una saga ya bastante quemada. Pero de aliens lo cierto es que andaba escasita. Había, pero poco. La opinión de crítica y público se echó encima de Scott por este giro pero la taquilla lo respaldó aunque timidamente (cosechó 403 millones a nivel global sobre un presupuesto de 130, datos de Box Office) así que la saga no terminó de morir, solo quedó en barbecho de nuevo a la espera de un nuevo enfoque. Enfoque que ha llegado con Alien: Covenant (Alien: Covenant, Scott, 2017), segundo intento por parte de Twenty Century Fox de resucitar la franquicia con Scott al mando de nuevo.


En Alien Covenant, un transbordador lleno de colonos en sueño criogénico acabará en el planeta en el que ocurría la acción de Prometheus –el planeta natal de los Ingenieros– y su tripulación acabará enfrentándose a los xenomorfos de toda la vida –los que no se dejaban ver en Prometheus. Y aquí sí se nos cuenta el origen de estos. La película deambula muy hábilmente entre la secuela y el reboot cogiendo conceptos de Prometheus y pasando de largo otros sin llegar a negarlos. De esta manera se evita la asociación negativa con aquella película pero se mantienen los conceptos que allí se crearon y algunos personajes que se han salvado de la quema. Ver Alien: Covenant es casi como ver una discusión entre Ridley Scott y los ejecutivos de la Fox. El veterano director tiene su propuesta de continuación de la saga, desarrollando todo el concepto metafísico que creó en la cinta anterior, con mucha más reflexión y menos acción, a sus 79 años ya no tiene el interés de hacer una película de terror espacial sino que tiene otras prioridades en su cabeza. Por otro lado el estudio le pone cifras encima de la mesa. Cifras y críticas de Prometheus, y cifras de los últimos éxitos cinematográficos de los últimos años. El camino está claro, hay que dar al espectador lo que quiere, más de lo mismo, Scott tiene que buscar una heroína que recuerde a Ripley (Sigourney Weaver) y hacerla luchar con un alien de los de toda la vida. Scott se resiste, negocia a cambio mantener al androide David de su anterior película. El estudio le dice que vale, que mantenga al androide si quiere pero es innegociable la presencia de facehuggers y chestbusters. El director reclama que a cambio, la acción tendrá lugar en el mundo natal de los Ingenieros, está empeñado en terminar de contar su historia. Los ejecutivos le dan el ok definitivo pero con la condición de que escriba una escena final lo más parecida a la de Alien, el octavo pasajero que deje al público ebrio de nostalgia. Fin de la discusión las claves de la película ya están decididas.


No sé hasta qué punto esta conversación existió o fue así en algún momento, pero ciertamente la película parece debatirse entre la historia metafísica y reflexiva que profundiza sobre el origen de nuestra especie, y relevancia de la misma en el conjunto del universo y la vida; y la película de acción protagonizada por gente disparando y muriendo sangrientamente a manos de los aliens. Definitivamente la primera es mucho más interesante que la segunda. Son las escenas más estimulantes de la película aquellas protagonizadas por David y Walter (Michael Fassbender en ambos casos) en conjunto, y los debates que tienen sobre la vida, la humanidad, el futuro, etc., por otro lado la cinta baja enteros cuando se dedica a ser una secuela más de la saga abundando en la sangre, los disparos, y unos monstruos que hace años que dejaron de dar miedo. Scott siempre ha sido un director muy efectivo en las escenas de acción pero no llega a pasar de ahí, y Alien: Covenant no es la excepción. La acción está bien planificada y bien rodada pero no aporta nada que no hayamos visto ya e incluso queda demasiado empañada por los efectos digitales lo que provocará un envejecimiento demasiado prematuro de la cinta. Si Fassbender se lleva de lejos lo mejor de la película, Katherine Waterston (Daniels), construye a una pseudo-Ripley con las diferencias justas como para darle un carácter propio pero pierde, de nuevo debido a los efectos digitales toda la fisicidad que Sigourney Weaver tenía en las películas originales.



Ridley Scott parece a su edad interesado en explorar nuevos caminos en su franquicia. Abrir nuevos campos los que se alejen de lo visto en las anteriores secuelas (que no dejaban de ser repeticiones hipervitaminadas del concepto original), y explorar facetas de su universo que no se han tocado antes. Lo consiguió con Pometheus pero el público le dio la espalda y ha encontrado con Alien: Covenant la forma de seguir su camino sin perder el enfoque que le exige la taquilla. La respuesta de los mercados ante esta propuesta decidirá el tono que tendrá la anunciada próxima película de la saga también dirigida por Scott, que puede ser el desarrollo definitivo que busca el director para su universo o simplemente una nueva oportunidad de ver aliens asesinando humanos.

domingo, 7 de mayo de 2017

El Capitán América de Nick Spencer, reflejo de una epoca

[Advertencia: En el presente texto pueden desvelarse detalles importantes sobre Civil War II, Capitán América y Civil War II, El Juramento]


En 2006, Marvel publicó la que probablemente haya sido una de las más exitosas sagas de toda su historia, Civil War. Escrita por Mark Millar y dibujada por Steve McNiven, Civil War hablaba, como lo hace la buena ficción, de lo que ocurría en el mundo en aquel momento. La base de la historia eran superhéroes pegándose unos a otros, pero el trasfondo, en ningún momento oculto, hablaba sobre libertades sociales. En plena era Bush, el control por parte del gobierno de la vida de los ciudadanos era un tema candente y dio pie a Millar a contar esta historia en la que un racionalista Iron Man pretendía aprobar una ley que obligase a todo superhéroe enmascarado a registrarse y estar de este modo controlado. Por otro lado, un idealista Capitán América luchaba en contra de ello abogando con un carácter contestatario por la libertad total, el dejar hacer sin control. Civil War fue todo un éxito de ventas y durante todos estos años ha tenido buena consideración por parte de aficionados y crítica reportando a Marvel cuantiosos beneficios incluso en forma de película –que digería de forma algo más ligera esta misma cuestión.


En 2016, diez años después de la publicación de aquella Civil War, Marvel vuelve a lanzar una serie con el mismo título, Civil War II con el objetivo de recordar el éxito de aquella y dotarla al mismo tiempo del mismo marchamo político y social que su precedente, una forma de aportarle a esta nueva serie la misma categoría social que tuvo aquella, antes incluso de publicarse. Para esta ocasión el escritor elegido ha sido Brian Michael Bendis, timonel del rumbo de Marvel en la última década y arquitecto tras bambalinas de la Civil War original si escuchamos ciertos rumores. No es el objetivo de este texto analizar el resultado de esta Civil War II de la que ya se ha escrito suficiente, pero baste decir que ha tenido un comienzo correcto con unos primeros números prometedores y una segunda mitad decepcionante. Quizá la gran oportunidad perdida de Civil War II haya sido no ahondar en lo que pareció ser durante unos números uno de los temas centrales de la obra, pero que acabó diluyéndose en un conjunto no demasiado sólido, el profiling. Para todo aquel que no sepa a qué se refiere este término, recomiendo leer el breve artículo de Santiago García en el que lo explica perfectamente –puede encontrarse descargable en el número 11 de la revista de Panini Marvel Age–. Pese a que en un comienzo se había promocionado por activa y por pasiva que el leit motiv de Civil War II era el castigo preventivo y la moralidad de este, por un momento pareció que era una estratagema para tratar el tema del racismo y los prejuicios en una sociedad –especialmente la americana que, no olvidemos, es dónde se gestan estos cómics- que de esto tiene en buena cantidad y hoy día más vigente que nunca. Pero como con otros temas también presentes en la obra –el alcance que debe tener la autoridad, la comunicación, la responsabilidad del poder, etc– acaba perdiéndose en un maremágnum de batallas superheroicas que ni siquiera están bien contadas. Pero el mayor error de todo esto ha sido pretender dotar a Civil War II de un papel que no le corresponde. Al titular así la serie se le ha colocado una corona más pesada de lo que puede sostener, haciendo que todos los focos apunten hacía ella en lugar de prestar atención a la verdadera secuela espiritual de Civil War, que es la etapa del Capitán América que está llevando a cabo Nick Spencer.


Spencer tomó a comienzos de 2016 las riendas de la cabecera del Capitán America con el hándicap de no poder utilizar al personaje titular que tras el final de la etapa anterior a cargo de Rick Remender había quedado envejecido y en un segundo plano. El escritor aprovechó por tanto el aparente perfil bajo de la serie en aquel momento, para contar lo que verdaderamente quería contar con el protagonista que tenía, Sam Wilson el antiguo Halcón, haciendo esta vez sí de forma exitosa, una fotografía de la sociedad americana actual. Puso el foco sobre temas a los que los cómics no suelen enfocar como el racismo, la discriminación, el poder, la corrupción y tantos otros que llenan los telediarios actualmente pero que parecen lejos del campo de actuación de un personaje como el Capitán América. La falta de Steve Rogers en la cabecera fue precisamente una oportunidad más que una desventaja pues dotó a Spencer de un pódium más alto de lo normal para contar su historia. El alcance que tiene una serie como Capitán América es mucho mayor que el que pueda tener cualquier otra serie secundaria y de un modo que algunos pueden encontrar inexplicable ha conseguido que su historia se convierta en el centro del Universo Marvel actual y precursora del próximo gran evento de la editorial: Imperio Secreto. En la serie, Sam Wilson, el actual Capitán América se enfrenta a políticos, hombres de negocios, corporaciones millonarias y lo que es más importante aún –y lo que la entronca directamente con la Civil War de Millar y las consecuencias que sobrevinieron a esta– contra el propio gobierno de los Estados Unidos. 



Spencer ha seguido con detalle el panorama político de su país en los últimos meses y ha utilizado la serie para plasmar su opinión. Así hemos podido ver en las páginas del Capitán América, como si de un periódico se tratase, el progreso de los movimientos radicales de derechas, el racismo y el rechazo creciente hacia pueblos vecinos como Méjico, el control absoluto con el que el gobierno pretende manipular la verdad o la censura hacia la libertad y la información. Incluso un pequeño evento como Punto Muerto –escrito también por Spencer– criticado por empañar la continuidad de las series de Vengadores sirvió al escritor para ahondar en estos temas. Pero no hay que entender Punto Muerto como un evento de Los Vengadores, sino como un arco más de la etapa de Spencer a cargo del Capitán América. La historia sirvió para traer de vuelta al Capitán América original; en las últimas páginas de la colección un rejuvenecido Steve Rogers volvía al servicio activo de nuevo presagiando lo que parecía el fin de la interesante etapa que estábamos viviendo.

Nada más lejos de la realidad. A partir de este momento la serie se dividió en dos, manteniendo a Sam Wilson con las tramas que estaba llevando hasta entonces y comenzando un título nuevo con Steve Rogers como cabeza de cartel. Y la maquinaria propagandística de Marvel entró de nuevo en acción. En el primer número de esta nueva colección se desvelaba el gran secreto, el Capitán América era y siempre había sido un agente de Hydra, la organización terrorista por excelencia de la editorial. Más allá de estúpidas controversias y aún más estúpidas reacciones, se trataba obviamente de una estrategia de Marvel –y van…– para crear conversación sobre la serie y por ende la editorial. Pero de nuevo, Spencer demostró que era capaz de más de lo que se le suponía y durante todos estos meses ha estado construyendo una serie madura e interesante que poco tiene que envidiarle a la protagonizada por Sam Wilson. 

Poco a poco ha ido convergiendo ambas series sobre un mismo tema y ahora las utiliza para criticar la política estadounidense e indirectamente la sociedad que la sustenta desde dos puntos de vista complementarios. Una de las cuestiones más interesantes de esta etapa ha sido el enorme paralelismo que ha tenido con los eventos reales ocurridos en Estados Unidos con el ascenso y triunfo de Donald Trump como presidente del país. Queda para la especulación saber cuánto de lo que Spencer cuenta en estas páginas fue previsto por él antes de que ocurriera y cuánto han influido los sucesos reales en sus guiones. Pero lo cierto es que la etapa está tan imbricada en la realidad actual que hemos podido leer en ella por ejemplo a grupos racistas patrullando la frontera con Méjico, o tramas políticas con el fin de ocultar espionaje del gobierno a ciudadanos norteamericanos.

Y en estas que estalló la segunda Guerra Civil superheroica. El evento orquestado por Bendis irrumpió en la trama que Spencer estaba contando cortándola de repente como suelen hacer esta clase eventos en tantas series. Si en la Civil War original el Centinela de la Libertad había sido uno de los principales contendientes, parecía difícil que retomara su papel en la actualidad y hacer encajar eso con la trama del agente doble de Hydra que Spencer estaba contando. Sin embargo se ha logrado –probablemente gracias al trabajo conjunto entre Bendis y Spencer– darle un papel clave en el evento sin echar por tierra los argumentos de su serie principal. Spencer ha sabido llevarse el evento a su terreno y ha hecho que la participación del personaje en la serie sea una continuación lógica de lo que estaba viviendo en su propia serie y a la vez un prologo perfecto para lo que vendrá en el futuro cercano. 

Y finalmente llegamos a Civil War II. El juramento, el número único que hace las veces de epílogo del eneto y de prólogo de Imperio Secreto, escrito acertadamente, no por Brian Bendis, sino por Nick Spencer. La Guerra Civil ha terminado, Tony Stark ha quedado en un extraño coma y la Capitana Marvel ha resultado vencedora con un cheque en blanco por parte del gobierno, libertad total para hacer lo que considere oportuno bajo la bandera de la seguridad nacional. De nuevo el reflejo de la política norteamericana actual, carta blanca con la pronunciación de las palabras mágicas: seguridad nacional. Y es en este cómic en el que se explica en detalle la situación actual del Universo Marvel y el mensaje que se pretendía transmitir en el evento principal pero que nunca llegó a eclosionar verdaderamente. Spencer plantea lo que prácticamente es un monólogo de Steve Rogers frente al cuerpo en coma de Tony Stark. Rogers recrimina a este todo lo que la comunidad superheroica –clara metáfora de la clase dirigente– ha estado haciendo en los últimos años, cada vez más preocupada en su propia supervivencia y más alejada de la realidad de la ciudadanía: 

“Os llamáis líderes mientras os peleáis por la autoridad y el derecho de primacía, intentando quedar bien mientras que la verdad es que os habéis divorciado por completo de las personas que afirmáis proteger. No entendéis lo que quieren o necesitan de vosotros.” 

De nuevo Spencer retoma el tema que ha ocupado la mayor parte de la serie de Sam Wilson, la lucha del pueblo, la rebelión contra el poder establecido, la defensa de unos valores y de una justicia que no es la que el poder ejerce: 

“(…)pero esta gente es real, Tony. No tienen tanta suerte. Y tal vez no quieran esta utopía progresista y futurista que estáis construyendo. (…) Tal vez te lo hubieran dicho si te hubieras molestado en preguntar. Si no hubieras hecho como si no existieran. Y eso es lo que más les enfurece, supongo. Ver como voláis cada vez más alto mientras que ellos se hunden cada vez más bajo. Levantáis torres refulgentes llenas de nuevas tecnologías, abrís puertas a nuevos mundos, y luego los dejáis atrás revolcándose en el polvo.”

Y este desacuerdo con el poder, este enfrentamiento con el gobierno solo puede llevar a una conclusión, la revolución:

“Voy a destruir todo lo que has levantado. Voy a derribar las instituciones que habéis utilizado para daros poder. Voy a reducir todo por lo que habéis trabajado, todo por lo que habéis sangrado, a un montón de escombros y cenizas…”

Spencer pone en boca de Rogers algunas de las reclamas liberales que más se han oído en los últimos meses, sobre todo en contra de Trump y su política. En un momento del cómic tiene una conversación con la Capitana Marvel que tiene la intención de construir un muro de defensa planetario que impida que nadie entre ni salga del planeta sin control. No es necesario destacar la metáfora:

“Separarnos del resto del universo, aislarnos…eso no es defensa, eso es un mensaje. Sabes exactamente lo que estaremos diciendo a todas las criaturas vivientes a ambos lados.”

La política del todo vale, del fin justifica los medios ya no es válida:

”Crees que hay un nivel de efectividad que te permite separar la solución de la moral. No funciona así, Carol. Si algo está mal, está mal.”

Civil War II. El juramento sirve pues de resumen de todo lo que Spencer ha estado contando desde que se hizo cargo del personaje y de preparación para el siguiente acto. El ideario mostrado por el guionista en ambas cabeceras está aquí condensado en una crítica directa y sin paliativos, no solo a Trump sino a toda una clase dirigente que no únicamente se encuentra en Estados Unidos. El aspecto más interesante del cómic está, sin embargo, en la quién dice estás palabras. Steve Rogers es en la actualidad –mal que les pese a algunos– miembro de Hydra, una sociedad terrorista y abiertamente declarada fascista. Es desde el fascismo por lo tanto desde dónde Rogers critica la sociedad actual y desde donde pretende proponer la solución. Las páginas finales con la visión de Rogers de la sociedad ideal no dejan dudas al respecto con campos de concentración, adoctrinamiento y tantos otros ingredientes asociados históricamente al fascismo. Puesto que la ideología política de Spencer está lejos del fascismo, queda por ver cómo logra casar estas ideas en los próximos meses especialmente en Imperio Secreto cuando Steve Rogers tendrá que hacer honor a su juramento y rendir cuentas por sus actos. También interesante desde el punto de vista del desarrollo del personaje ver a un Steve Rogers que pese al cambio de realidad que le asocia a Hydra continúa siendo la misma persona y defendiendo los mismos valores que ha defendido siempre. Parece sostener Spencer que el talante moral de una persona no depende de su afiliación sino de los valores sobre los que se sustente. Una idea muy acorde con el espíritu de toda su etapa.

Civil War. El juramento es con toda seguridad lo mejor de toda la saga –aunque técnicamente no pertenezca a la misma– y se entiende mejor como complemento de la etapa de Nick Spencer en el Capitán América que como epílogo aislado del evento de turno. Tomémoslo pues como un punto y aparte en la epopeya que está narrando Spencer, como un espacio para recapitular y avanzar al siguiente nivel que llegará con Imperio Secreto. La serie del Capitán América ha sido tradicionalmente una cabecera dada a la reflexión política y Nick Spencer ha seguido la tradición dejando una etapa memorable que será recordada en el futuro como crónica de un momento histórico determinado. Ocurra lo que ocurra durante Imperio Secreto

martes, 2 de mayo de 2017

'John Wick: pacto de sangre', Chad Stahelski

Es casi obsceno ver cómo los estudios gastan millones en grandes producciones que uno tiene la sensación, desde el momento de leer el argumento, de que la película va a rodarse debido únicamente al capricho del productor de turno. Mientras tanto, directores cuasi desconocidos llevan a cabo sus propuestas de género más pequeñas, más baratas y mucho más personales sorprendiendo a propios y a extraños con cintas narradas con pasión y buen pulso. John Wick (Otro día para matar) (John Wick, Chad Stahelski, 2014) fue una de estas películas. Chad Stahelski y David Leitch –a pesar de no estar acreditado como director– son dos experimentados especialistas de cine que tras participar en decenas de películas querían dar el salto a la dirección y lo hicieron con este neo-noir adrenalínico protagonizado por un asesino profesional que se ve forzado a volver de su retiro. Y de paso resucitaron a Keanu Reeves y lo reintrodujeron en el panorama actual, algo que el actor llevaba años intentando sin éxito. La película quedaba lejos de ser una cinta perfecta, pero un contundente carisma y una propuesta aunque no original sí alejada de las principales corrientes narrativas actuales, hicieron que John Wick (Otro día para matar) se convirtiese a pesar de su casi nula promoción –en nuestro país ni siquiera llegó a estrenarse en salas de cine– en una pequeña película de culto. Tres años después, Stahelski, esta vez en solitario, vuelve a ponerse tras las cámaras para demostrar que el éxito de John Wick (Otro día para matar) no fue cosa de la suerte del principiante y que hay una propuesta sincera y contundente en su visión del cine de acción.


De nuevo con guión de Derek Kolstad, John Wick: Pacto de sangre (John Wick: Chapter 2, Chad Stahelski, 2017) retoma al personaje poco después del final de la primera película, atando los cabos que allí quedaron sueltos en una escena introductoria que plasma en pantalla lo que hizo triunfar a la primera película: escenas de acción contundentes, bien coreografiadas y bien planificadas, para dejarlo atrás rápidamente. Mientras que en la primera cinta John Wick (Keanu Reeves) se movía impulsado por el amor, entendiendo este de diversas formas: el amor a su mujer muerta –no nos engañemos, la acción no arranca porque maten a su perro, sino porque le quitan lo último que le quedaba de la mujer que había salvado su vida–, el amor a su coche, el amor a su trabajo ya olvidado; en esta continuación la única emoción que queda es la venganza, un sentimiento puro y descarnado de venganza. A este respecto cabe mencionar todas las molestias que toma por recuperar su coche, para acabar este completamente destrozado. Es lícito preguntarse si John Wick organiza toda esa escabechina para recuperar su coche o simplemente para vengarse de quienes se lo han quitado. Este sentimiento recorre toda la cinta siendo prácticamente el motor de la cinta y lo que provoca todas las acciones que acontecen. 

Pero tampoco vayamos a darle a la película más trasfondo del que tiene. No es una película que se caracterice por la profundidad de sus personajes ni tampoco lo pretende. De hecho podríamos decir que John Wick es prácticamente el mismo personaje desde el inicio de la primera película hasta el final de esta. No evoluciona, no cambia. Tan solo es una máquina de matar inmutable e imparable. Ese es precisamente su atractivo y el gran aliciente de la saga. Lo que el espectador quiere ver es a John Wick siendo John Wick. Y de esto hay mucho y bueno. 



Después de haber terminado con su venganza particular, John Wick regresa a su hogar y a su vida de paz, llegando incluso a enterrar las armas de nuevo, cuando aparece en su puerta Santino D’Antonio (Riccardo Scamarcio), un antiguo conocido que tiene con él un pacto de sangre. Esto es un acuerdo entre criminales que obliga a quien lo contrajo a cumplir cualquier petición que el otro le haga. En esta ocasión, D’Antonio quiere que Wick acabe con su hermana para tomar su posición en el control del submundo criminal. Tras una breve negativa y su lógica consecuencia John Wick acabará aceptando la misión y de nuevo la venganza lo llevará a prolongar su misión más allá de lo previsto.
John Wick: Pacto de sangre sigue a rajatabla las convenciones de una secuela y presenta básicamente lo mismo que su predecesora pero “más”. Cambiamos las calles de Nueva York por las catacumbas de Roma, en lugar de enfrentarse a una pequeña organización criminal rusa acaba haciéndolo con prácticamente todos los asesinos de la ciudad y el submundo criminal apenas insinuado en la primera parte –uno de los grandes atractivos de la saga con sus códigos, sus normas e incluso su propia moneda de pago– es aquí ampliado en todos los sentidos. Descubriremos que el Continental es una franquicia con establecimientos por todo el mundo, conoceremos al sumiller de armas, los pactos de sangre, la existencia de la Alta Mesa y muchos otros elementos que amplían la mitología de la saga. 


Y además de todo esto están las escenas de acción que continúan siendo el principal aliciente de la franquicia. Como conocedor de primera mano del género, Stahelski filma la acción con pulso firme ofreciendo escenas coreografiadas con mimo. No abusa de movimiento excesivo de cámara tan manido desde que lo usara Paul Greengrass en la saga Bourne –y nunca vuelto a utilizar tan magistralmente como él lo hizo– y opta por el camino contrario, mostrar todos y cada uno de  los movimientos de la acción, paladeando la coreografía y editándola cuidadosamente para no perder ni un solo movimiento de los actores. Además añade un cierto estilo visual quizá algo deudor de la saga Matrix en la elección de la música y la iluminación pero actualizado a 2017 que da como resultado escenas de acción tan memorables como la de los espejos en el museo. La principal balanza de John Wick: Pacto de sangre está en los personajes que se llevan la mejor y la peor parte de la cinta. En el lado positivo tenemos a Winston (Ian McShane), espléndido como siempre, o a Cassian (Common) que comparte con John Wick las mejores escenas de la película, tanto con acción como sin ella; pero en la parte negativa encontramos a un villano totalmente insípido y al personaje de Laurence Fishburne que no tiene ninguna excusa argumental sólida por la que estar presente en la cinta más allá del factor nostálgico de ver juntos de nuevo a los protagonistas de Matrix (The Matrix, Lana y Lilly Wachowski, 1999).


John Wick: Pacto de sangre retoma, amplia y mejora la saga iniciada con John Wick (Otro día para morir) y deja la puerta más que abierta para una segura tercera parte. Si esta sigue el mismo camino, tendremos probablemente una de las mejores sagas de acción de los últimos años, pero el desafío está en dos puntos: por un lado mantener la solidez en las escenas de acción sin caer presa del gran presupuesto virando hacia una acción más “superheroica” y digital y por otro, conservar el espíritu de película pequeña que la primera parte realmente tenía y que esta hace el esfuerzo de mantener, y que, de nuevo debido al aumento de presupuesto, no se les vaya la mano ampliando la mitología y ensuciando lo que está siendo un buena saga.