domingo, 7 de mayo de 2017

El Capitán América de Nick Spencer, reflejo de una epoca

[Advertencia: En el presente texto pueden desvelarse detalles importantes sobre Civil War II, Capitán América y Civil War II, El Juramento]


En 2006, Marvel publicó la que probablemente haya sido una de las más exitosas sagas de toda su historia, Civil War. Escrita por Mark Millar y dibujada por Steve McNiven, Civil War hablaba, como lo hace la buena ficción, de lo que ocurría en el mundo en aquel momento. La base de la historia eran superhéroes pegándose unos a otros, pero el trasfondo, en ningún momento oculto, hablaba sobre libertades sociales. En plena era Bush, el control por parte del gobierno de la vida de los ciudadanos era un tema candente y dio pie a Millar a contar esta historia en la que un racionalista Iron Man pretendía aprobar una ley que obligase a todo superhéroe enmascarado a registrarse y estar de este modo controlado. Por otro lado, un idealista Capitán América luchaba en contra de ello abogando con un carácter contestatario por la libertad total, el dejar hacer sin control. Civil War fue todo un éxito de ventas y durante todos estos años ha tenido buena consideración por parte de aficionados y crítica reportando a Marvel cuantiosos beneficios incluso en forma de película –que digería de forma algo más ligera esta misma cuestión.


En 2016, diez años después de la publicación de aquella Civil War, Marvel vuelve a lanzar una serie con el mismo título, Civil War II con el objetivo de recordar el éxito de aquella y dotarla al mismo tiempo del mismo marchamo político y social que su precedente, una forma de aportarle a esta nueva serie la misma categoría social que tuvo aquella, antes incluso de publicarse. Para esta ocasión el escritor elegido ha sido Brian Michael Bendis, timonel del rumbo de Marvel en la última década y arquitecto tras bambalinas de la Civil War original si escuchamos ciertos rumores. No es el objetivo de este texto analizar el resultado de esta Civil War II de la que ya se ha escrito suficiente, pero baste decir que ha tenido un comienzo correcto con unos primeros números prometedores y una segunda mitad decepcionante. Quizá la gran oportunidad perdida de Civil War II haya sido no ahondar en lo que pareció ser durante unos números uno de los temas centrales de la obra, pero que acabó diluyéndose en un conjunto no demasiado sólido, el profiling. Para todo aquel que no sepa a qué se refiere este término, recomiendo leer el breve artículo de Santiago García en el que lo explica perfectamente –puede encontrarse descargable en el número 11 de la revista de Panini Marvel Age–. Pese a que en un comienzo se había promocionado por activa y por pasiva que el leit motiv de Civil War II era el castigo preventivo y la moralidad de este, por un momento pareció que era una estratagema para tratar el tema del racismo y los prejuicios en una sociedad –especialmente la americana que, no olvidemos, es dónde se gestan estos cómics- que de esto tiene en buena cantidad y hoy día más vigente que nunca. Pero como con otros temas también presentes en la obra –el alcance que debe tener la autoridad, la comunicación, la responsabilidad del poder, etc– acaba perdiéndose en un maremágnum de batallas superheroicas que ni siquiera están bien contadas. Pero el mayor error de todo esto ha sido pretender dotar a Civil War II de un papel que no le corresponde. Al titular así la serie se le ha colocado una corona más pesada de lo que puede sostener, haciendo que todos los focos apunten hacía ella en lugar de prestar atención a la verdadera secuela espiritual de Civil War, que es la etapa del Capitán América que está llevando a cabo Nick Spencer.


Spencer tomó a comienzos de 2016 las riendas de la cabecera del Capitán America con el hándicap de no poder utilizar al personaje titular que tras el final de la etapa anterior a cargo de Rick Remender había quedado envejecido y en un segundo plano. El escritor aprovechó por tanto el aparente perfil bajo de la serie en aquel momento, para contar lo que verdaderamente quería contar con el protagonista que tenía, Sam Wilson el antiguo Halcón, haciendo esta vez sí de forma exitosa, una fotografía de la sociedad americana actual. Puso el foco sobre temas a los que los cómics no suelen enfocar como el racismo, la discriminación, el poder, la corrupción y tantos otros que llenan los telediarios actualmente pero que parecen lejos del campo de actuación de un personaje como el Capitán América. La falta de Steve Rogers en la cabecera fue precisamente una oportunidad más que una desventaja pues dotó a Spencer de un pódium más alto de lo normal para contar su historia. El alcance que tiene una serie como Capitán América es mucho mayor que el que pueda tener cualquier otra serie secundaria y de un modo que algunos pueden encontrar inexplicable ha conseguido que su historia se convierta en el centro del Universo Marvel actual y precursora del próximo gran evento de la editorial: Imperio Secreto. En la serie, Sam Wilson, el actual Capitán América se enfrenta a políticos, hombres de negocios, corporaciones millonarias y lo que es más importante aún –y lo que la entronca directamente con la Civil War de Millar y las consecuencias que sobrevinieron a esta– contra el propio gobierno de los Estados Unidos. 



Spencer ha seguido con detalle el panorama político de su país en los últimos meses y ha utilizado la serie para plasmar su opinión. Así hemos podido ver en las páginas del Capitán América, como si de un periódico se tratase, el progreso de los movimientos radicales de derechas, el racismo y el rechazo creciente hacia pueblos vecinos como Méjico, el control absoluto con el que el gobierno pretende manipular la verdad o la censura hacia la libertad y la información. Incluso un pequeño evento como Punto Muerto –escrito también por Spencer– criticado por empañar la continuidad de las series de Vengadores sirvió al escritor para ahondar en estos temas. Pero no hay que entender Punto Muerto como un evento de Los Vengadores, sino como un arco más de la etapa de Spencer a cargo del Capitán América. La historia sirvió para traer de vuelta al Capitán América original; en las últimas páginas de la colección un rejuvenecido Steve Rogers volvía al servicio activo de nuevo presagiando lo que parecía el fin de la interesante etapa que estábamos viviendo.

Nada más lejos de la realidad. A partir de este momento la serie se dividió en dos, manteniendo a Sam Wilson con las tramas que estaba llevando hasta entonces y comenzando un título nuevo con Steve Rogers como cabeza de cartel. Y la maquinaria propagandística de Marvel entró de nuevo en acción. En el primer número de esta nueva colección se desvelaba el gran secreto, el Capitán América era y siempre había sido un agente de Hydra, la organización terrorista por excelencia de la editorial. Más allá de estúpidas controversias y aún más estúpidas reacciones, se trataba obviamente de una estrategia de Marvel –y van…– para crear conversación sobre la serie y por ende la editorial. Pero de nuevo, Spencer demostró que era capaz de más de lo que se le suponía y durante todos estos meses ha estado construyendo una serie madura e interesante que poco tiene que envidiarle a la protagonizada por Sam Wilson. 

Poco a poco ha ido convergiendo ambas series sobre un mismo tema y ahora las utiliza para criticar la política estadounidense e indirectamente la sociedad que la sustenta desde dos puntos de vista complementarios. Una de las cuestiones más interesantes de esta etapa ha sido el enorme paralelismo que ha tenido con los eventos reales ocurridos en Estados Unidos con el ascenso y triunfo de Donald Trump como presidente del país. Queda para la especulación saber cuánto de lo que Spencer cuenta en estas páginas fue previsto por él antes de que ocurriera y cuánto han influido los sucesos reales en sus guiones. Pero lo cierto es que la etapa está tan imbricada en la realidad actual que hemos podido leer en ella por ejemplo a grupos racistas patrullando la frontera con Méjico, o tramas políticas con el fin de ocultar espionaje del gobierno a ciudadanos norteamericanos.

Y en estas que estalló la segunda Guerra Civil superheroica. El evento orquestado por Bendis irrumpió en la trama que Spencer estaba contando cortándola de repente como suelen hacer esta clase eventos en tantas series. Si en la Civil War original el Centinela de la Libertad había sido uno de los principales contendientes, parecía difícil que retomara su papel en la actualidad y hacer encajar eso con la trama del agente doble de Hydra que Spencer estaba contando. Sin embargo se ha logrado –probablemente gracias al trabajo conjunto entre Bendis y Spencer– darle un papel clave en el evento sin echar por tierra los argumentos de su serie principal. Spencer ha sabido llevarse el evento a su terreno y ha hecho que la participación del personaje en la serie sea una continuación lógica de lo que estaba viviendo en su propia serie y a la vez un prologo perfecto para lo que vendrá en el futuro cercano. 

Y finalmente llegamos a Civil War II. El juramento, el número único que hace las veces de epílogo del eneto y de prólogo de Imperio Secreto, escrito acertadamente, no por Brian Bendis, sino por Nick Spencer. La Guerra Civil ha terminado, Tony Stark ha quedado en un extraño coma y la Capitana Marvel ha resultado vencedora con un cheque en blanco por parte del gobierno, libertad total para hacer lo que considere oportuno bajo la bandera de la seguridad nacional. De nuevo el reflejo de la política norteamericana actual, carta blanca con la pronunciación de las palabras mágicas: seguridad nacional. Y es en este cómic en el que se explica en detalle la situación actual del Universo Marvel y el mensaje que se pretendía transmitir en el evento principal pero que nunca llegó a eclosionar verdaderamente. Spencer plantea lo que prácticamente es un monólogo de Steve Rogers frente al cuerpo en coma de Tony Stark. Rogers recrimina a este todo lo que la comunidad superheroica –clara metáfora de la clase dirigente– ha estado haciendo en los últimos años, cada vez más preocupada en su propia supervivencia y más alejada de la realidad de la ciudadanía: 

“Os llamáis líderes mientras os peleáis por la autoridad y el derecho de primacía, intentando quedar bien mientras que la verdad es que os habéis divorciado por completo de las personas que afirmáis proteger. No entendéis lo que quieren o necesitan de vosotros.” 

De nuevo Spencer retoma el tema que ha ocupado la mayor parte de la serie de Sam Wilson, la lucha del pueblo, la rebelión contra el poder establecido, la defensa de unos valores y de una justicia que no es la que el poder ejerce: 

“(…)pero esta gente es real, Tony. No tienen tanta suerte. Y tal vez no quieran esta utopía progresista y futurista que estáis construyendo. (…) Tal vez te lo hubieran dicho si te hubieras molestado en preguntar. Si no hubieras hecho como si no existieran. Y eso es lo que más les enfurece, supongo. Ver como voláis cada vez más alto mientras que ellos se hunden cada vez más bajo. Levantáis torres refulgentes llenas de nuevas tecnologías, abrís puertas a nuevos mundos, y luego los dejáis atrás revolcándose en el polvo.”

Y este desacuerdo con el poder, este enfrentamiento con el gobierno solo puede llevar a una conclusión, la revolución:

“Voy a destruir todo lo que has levantado. Voy a derribar las instituciones que habéis utilizado para daros poder. Voy a reducir todo por lo que habéis trabajado, todo por lo que habéis sangrado, a un montón de escombros y cenizas…”

Spencer pone en boca de Rogers algunas de las reclamas liberales que más se han oído en los últimos meses, sobre todo en contra de Trump y su política. En un momento del cómic tiene una conversación con la Capitana Marvel que tiene la intención de construir un muro de defensa planetario que impida que nadie entre ni salga del planeta sin control. No es necesario destacar la metáfora:

“Separarnos del resto del universo, aislarnos…eso no es defensa, eso es un mensaje. Sabes exactamente lo que estaremos diciendo a todas las criaturas vivientes a ambos lados.”

La política del todo vale, del fin justifica los medios ya no es válida:

”Crees que hay un nivel de efectividad que te permite separar la solución de la moral. No funciona así, Carol. Si algo está mal, está mal.”

Civil War II. El juramento sirve pues de resumen de todo lo que Spencer ha estado contando desde que se hizo cargo del personaje y de preparación para el siguiente acto. El ideario mostrado por el guionista en ambas cabeceras está aquí condensado en una crítica directa y sin paliativos, no solo a Trump sino a toda una clase dirigente que no únicamente se encuentra en Estados Unidos. El aspecto más interesante del cómic está, sin embargo, en la quién dice estás palabras. Steve Rogers es en la actualidad –mal que les pese a algunos– miembro de Hydra, una sociedad terrorista y abiertamente declarada fascista. Es desde el fascismo por lo tanto desde dónde Rogers critica la sociedad actual y desde donde pretende proponer la solución. Las páginas finales con la visión de Rogers de la sociedad ideal no dejan dudas al respecto con campos de concentración, adoctrinamiento y tantos otros ingredientes asociados históricamente al fascismo. Puesto que la ideología política de Spencer está lejos del fascismo, queda por ver cómo logra casar estas ideas en los próximos meses especialmente en Imperio Secreto cuando Steve Rogers tendrá que hacer honor a su juramento y rendir cuentas por sus actos. También interesante desde el punto de vista del desarrollo del personaje ver a un Steve Rogers que pese al cambio de realidad que le asocia a Hydra continúa siendo la misma persona y defendiendo los mismos valores que ha defendido siempre. Parece sostener Spencer que el talante moral de una persona no depende de su afiliación sino de los valores sobre los que se sustente. Una idea muy acorde con el espíritu de toda su etapa.

Civil War. El juramento es con toda seguridad lo mejor de toda la saga –aunque técnicamente no pertenezca a la misma– y se entiende mejor como complemento de la etapa de Nick Spencer en el Capitán América que como epílogo aislado del evento de turno. Tomémoslo pues como un punto y aparte en la epopeya que está narrando Spencer, como un espacio para recapitular y avanzar al siguiente nivel que llegará con Imperio Secreto. La serie del Capitán América ha sido tradicionalmente una cabecera dada a la reflexión política y Nick Spencer ha seguido la tradición dejando una etapa memorable que será recordada en el futuro como crónica de un momento histórico determinado. Ocurra lo que ocurra durante Imperio Secreto

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