martes, 25 de abril de 2017

'The wicked + The divine. El acto faústico', Kieron Gillen y Jamie McKelvie

Norma publica tras varios años una de las series de Image más esperadas, The wicked+ the divine de los británicos responsables de Jóvenes Vengadores y Phonogram (también a publicar por Norma en unos meses), Kieron Gillen y Jamie McKelvie. WicDiv como sus propios autores la llaman es una historia de contrastes que mezcla mitología con tecnología, tradición milenaria con la cultura millenial. Cada 90 años 12 dioses de los más variados panteones divinos de la historia de la humanidad se reencarnan durante dos años, tiempo que dedicarán básicamente a pasarlo bien aprovechándose de sus poderes divinos.

La acertada metáfora presentada por Gillen y McKelvie nos muestra a las actuales estrellas del pop, los Bieber y compañía como los nuevos dioses de nuestra cultura, alabados y reverenciados por millares de jóvenes que se enfrentan unos a otros en las redes por la defensa de “su” dios. Personajes cuyo más mínimo gesto, acción o tweet es analizado y comentado por todo el globo en cuestión de minutos. Jóvenes que jamás han conocido ni conocerán a la estrella del momento pero que conocen sus discos nota a nota, los veneran copiando su corte de pelo o su forma de vestir. Lo que antes era una figura de escayola sobre un altar ahora es un poster en la pared o un fondo de pantalla en el móvil, pero no deja de ser lo mismo, una imagen que poder reverenciar, un recuerdo constante de que el ser admirado está siempre presente en nuestra vida, sea este el dios de nuestros padres o una adolescente irreverente desconocida apenas un año atrás.


Gillen coloca como protagonista a una de estas adolescentes en busca de modelo a seguir, en busca de un dios que le marque el camino. Laura, una joven de 17 años, sigue a estos nuevos ídolos allá donde van, acude a todos sus conciertos, se maquilla como ellos y finalmente, por azar del destino acabará conociendo a una de ellas, Luci, abreviatura de Lucifer. Luci introducirá a Laura en un mundo nuevo para ella y le permitirá moverse detrás de los focos. Así se verá envuelta en una trama de misterio y asesinato que la llevará a conocer uno a uno a todos los dioses reencarnados en esta época. Un dios ha asesinado a un juez y quien todos creen que lo ha hecho no ha sido. O quizás sí. Capítulo a capítulo Gillen y McKelvie van presentando a los dioses, cada uno con sus peculiaridades, una con instintos felinos, otra apenas una niña, otro un antiguo dios asirio al que todos confunden con uno fenicio, y nos van presentando su pequeño drama, como reza el lema de la serie “que seas inmortal no quiere decir que vayas a vivir para siempre”, y dos años no son demasiado tiempo. Al final, pese a todo el boato, la luz, los colores y los poderes, pese a los efectos que producen entre los mortales creyentes, los dioses no son sino seres caprichosos que quieren disfrutar del carpe diem, hacer trastadas sin recibir demasiadas consecuencias al respecto. A este respecto es muy interesante la figura de Ananké, una anciana que hace las veces de madre y cuidadora de los dioses. Ella es la que los trae de vuelta cada 90 años y la que dicta las reglas que pueden o no seguir. En un momento determinado al final del tomo, y como haría una madre que quiere justificar la travesura de uno de sus díscolos hijos dice: “los mortales siempre han mostrado más interés en los dioses que estos en los mortales. Por lo general los dioses no desean nada más que adoración.” Esto no deja de ser un comentario hacia la religión organizada, pues las acciones de un determinado culto no vienen marcadas, viene a decir Guillen, por la voluntad del dios de turno, sino por la voluntad de sus seguidores. El dios solo desea veneración, los celos, el egoísmo y todo lo demás vienen del otro lado.

Otro debate presente en el cómic y que entronca con el concepto de los nuevos dioses y las juvetudes que lo veneran, es el encarnado en Cassandra, periodista co-protagonista del cómic y opuesta al personaje de Laura. Mientras Laura es todo admiración y devoción, y solo tiene buenas palabras y reverencias por estos personajes que dominan las portadas y las paredes de la ciudad,  Cassandra es todo escepticismo y altanería. Ella tiene estudios y un master en mitología comparada y no puede rebajarse al nivel de las masas crédulas, ella es inteligente, ella sabe. Juntas representan las dos caras de una cultura joven formada a partes iguales por quienes buscan formar parte de algo mayor, ser seguidores de un grupo con códigos y símbolos propios y quienes creen estar por encima de eso gracias a su conocimiento de verdades que no son sino los códigos de su propio grupo. Enfrentados y opuestos, ambos forman parte del mismo juego y ambos grupos lo juegan con las mismas reglas, algo que se verá reflejado en el momento en que ambos personajes lleguen a un entendimiento y acuerden colaboración. De hecho, pese a todos los conocimientos de Cassandra, será Laura la que conozca la identidad de uno de los dioses gracias a una rápida búsqueda en la Wikipedia. 

Solo con este primer tomo Gillen y McKelvie presentan una serie sólida y llena de trasfondo, que no solo muestra acción y espectáculo sino que va más allá, hablando de nuestra cultura y de nosotros mismos. Con una narrativa algo gamberra y un dibujo que ya quisieran muchos The Wicked + The Divine es probablemente una de las mejores series independientes de la temporada.



lunes, 17 de abril de 2017

'El día más largo del futuro', Lucas Varela

En Entendiendo el cómic, el dibujante y teórico del noveno arte Scott McLoud, tras una extensa disertación acaba definiendo el cómic como “ilustraciones yuxtapuestas y otras imágenes en secuencia deliberada” pero para simplificar acaba volviendo a la definición clásica de Will Eisner, “arte secuencial”. Si aceptamos la definición de Eisner, probablemente El día más largo del futuro de Lucas Varela publicado por La Cúpula sea el cómic más puro que puede encontrar actualmente uno en las librerías. Narración gráfica en su sentido más honesto.

Varela cuenta en un cómic de 120 páginas una historia de espionaje industrial, grandes corporaciones, visitantes del espacio exterior, pequeños personajes envueltos en grandes tramas y mucha aventura loca y futurista sin una sola palabra, únicamente usando el dibujo. Y aunque el dibujo es importante no es lo más importante. Lo fundamental aquí, lo que convierte El día más largo del futuro en un cómic maravilloso es la narración gráfica que despliega página tras página. En 120 páginas de viñetas sin texto no hay ni una sola vez en la que la historia se desvíe de su camino, ni una sola vez en la que el lector se pierda algún aspecto de la narración, ni una sola viñeta carente de sentido. De hecho cada viñeta arrastra al lector con naturalidad hacia la siguiente viñeta y esta a su vez hacia la siguiente como si estuviéramos viendo una tira de fotogramas en la que ninguna viñeta sobra ni ninguna viñeta falta. Varela despliega toda una gama de géneros y los domina todos con igual maestría. Da igual que estemos viendo a un aburrido oficinista en su rutina diaria de camino a un trabajo alienante e hipercontrolado, que una batalla a muerte entre robots asesinos en una suerte de circo futurista. La línea clara de Varela funciona por igual independientemente del terreno por el que se mueva.

El día más largo del futuro nos presenta la sociedad del futuro, una sociedad dominada por dos grandes corporaciones alimenticias. Como si McDonalds y Burguer King dominasen el mundo y luchasen por la supremacía. Si no trabajas para unos trabajas para otros y no hay medias tintas. Has de amar a tu marca y odiar la contraria, aunque en la práctica estén incluso mezcladas en las mismas calles. Asusta pensar lo cerca que esta estampa está de una realidad en la que las marcas ya no buscan clientes sino fans, y no contratan trabajadores sino embajadores, donde el logo de una empresa se luce con orgullo de pertenencia como seña tribal y donde si tienes un sistema operativo tienes obligatoriamente que odiar los demás. Lo que nos cuenta El día más largo del futuro es la historia de dos personajes perfectamente inmersos en esta sociedad y completamente infelices. Un hastiado oficinista sin más motivación en la vida que la rutina diaria de un trabajo monótono y bajo constante vigilancia y un robot del hogar con un censurado afecto hacia los insectos que es obligado a ejercer violentamente contra otros. Ambos personajes se verán envueltos en una trama de espionaje industrial, usados cada uno por su corporación para destruir al rival sin importar en ningún momento su propia salud personal.


Siguiendo con Scott McLoud, la palabra clave de su definición de cómic es “yuxtapuesto”. A diferencia del cine, que está formado por imágenes que se sobreexponen una sobre la otra en el mismo espacio, el cómic está formado por imágenes que son mostradas unas junto a las otras, algo que puede ser una simple característica del medio o ser usado por manos hábiles como elemento narrativo y transmisor de la propia historia. Varela utiliza todos los medios a su alcance para hacer de El día más largo del futuro una historia fácil de leer y de entender, y crea con las viñetas hermosas composiciones, estableciendo relaciones entre ellas ya sea mediante los colores, la estructura de las mismas o las formas que las unen. Tan solo con echarle un vistazo a una página, el lector capta rápidamente la sensación adecuada. Si una escena ocurre en el interior de una casa, un espacio conocido y ordenado las viñetas son todas idénticas con la misma paleta de colores y la misma estructura interna, pero cuando un personaje sale al bullicio de la calle, el número de colores aumenta, las viñetas se llenan de formas y figuras y la página vista en conjunto parece mucho más caótica. Una vez acabada la obra se puede volver a leer sin detenerse en las viñetas, pasando únicamente las páginas, y el diseño que estas tienen transmite todo lo que es necesario transmitir. Puro cómic.

Viendo el trabajo que Varela ha hecho en otros cómics publicados como La Herencia del Coronel junto a Carlos Trillo o Diagnósticos escrito por Diego Agrimbau, o incluso las viñetas que publica en diversos medios como Clarín, The Financial Times o Rolling Stone se aprecia todavía más el arte de este argentino que lejos de quedar estancado en un único estilo parece tener facilidad para navegar con soltura entre varios de ellos. Y con El día más largo del futuro consigue algo que solo unos pocos hacen, y es que además de entretener y provocar la reflexión sobre lo que está contando, hace que el lector piense en el cómic como medio, como herramienta para contar historias. Es uno de esos libros que demuestran el enorme potencial del cómic como transmisor de historias y creador de arte y, lejos de lo que a menudo se piensa, el extenso camino que aún queda por recorrer. La innovación aún es posible, no todos los caminos están ya andados, y descubrirlos es cuestión de esfuerzo y pasión.

jueves, 13 de abril de 2017

'Power Rangers', Dean Israelite

Power Rangers (Id, Dean Israelite, 2017) comienza con el consabido flashback que pone en contexto todo lo que verás después, con Bryan Cranston (Zordon) haciendo de imposible Power Ranger Rojo y la última gran batalla contra Rita Repulsa (Elisabeth Banks) por la salvación de la Tierra, aprovechando por cierto, con todo descaro, para vincular la extinción de los dinosaurios con la llegada de los Rangers al planeta. Tras esto, una escena en la que Jason (Dacre Montgomery) huye de la policía en una persecución por el pueblo en el que tiene lugar la acción, Angel Grove. La persecución está filmada con una interesante cámara colocada en el centro del coche en su interior, y que va girando sobre su eje en un plano continuo hacia delante y hacia atrás una y otra vez, en un movimiento casi mareante mientras la persecución tiene lugar. La cámara muestra alternativamente lo que ocurre por delante y por detrás del vehículo, hasta el accidente final, que se rueda en el mismo plano sin mover la cámara de su eje mientras el coche da vueltas y vueltas destrozándose poco a poco. Tras esto un pequeño rótulo en la parte inferior derecha de la pantalla nos indica que estamos viendo una película de los Power Rangers. Nada de grandes letras a todo color, no una música impactante ni ningún efecto especial, pequeñas letras en la parte inferior derecha. Un comienzo extraño para una película como los Power Rangers.

Reflotar la franquicia para nuevas generaciones se presentaba como una tarea harto complicada. En la década de los 90 los Power Rangers fueron un auténtico bombazo gracias a la serie ¿original? creada por Haim Saban y fusilada de las series supersentai japonesas -quien no conozca a estas alturas la historia de cómo Saban cogió imágenes de la serie original japonesa y las mezcló con escenas rodadas en Estados Unidos para inventarse una serie completamente nueva, que la busque sin más tardar, no tiene desperdicio-, pero la calidad artística tanto de las distintas temporadas de la serie, que sigue emitiéndose en la actualidad, como de la exitosa Power Rangers: la película (Mighty Morphin Power Rangers: the movie, Bryan Spicer, 1995) dejaba bastante que desear. Al fin y al cabo la historia cuenta como cinco adolescentes reciben poderosas armaduras y robots gigantes con forma de dinosaurios para derrotar a una villana que responde al nombre de Rita Repulsa y que quiere destruir la Tierra y de paso al universo. Quién puede tomarse eso en serio.

Y precisamente ese es el punto fuerte de la película, no se toma en serio en ningún momento. Tiene una total falta de pretensiones que la convierte exactamente en lo que debe ser, una continuación espiritual de la serie original actualizada a los nuevos tiempos. En la serie de los 90 había batallas absurdas contra enemigos ridículos, diálogos que no merecían la consideración de tales y un argumento apenas mencionable, amén de tremendamente repetitivo. Todo aquello está presente en esta Power Rangers aliñado con un poco de siglo XXI y un mensaje buenista y simplón con el que los adolescentes de hoy puedan encontrar identificación. Todos para uno, la cultura del esfuerzo, la importancia de ser diferente, todo ello bien mascadito y puesto en boca de unos chicos que a pesar de pretender lo contrario no dejan de ser los chicos mas guays del instituto. Incluso el humor esta pasado por este filtro de actualidad–cf. La escena en la que un zord destroza un Camaro amarillo con dos franjas negras y el Power Ranger que lo pilota grita un “lo siento Bumblebee”-. Pero estos Power Rangers son los mismos que vimos en la televisión hace 20 años. Incluso los masillas que han sido ligeramente remozados son los mismos masillas de siempre. El culmen de todo esto es el inevitable y esperado plano lateral con los zords corriendo por el desierto y el archiconocido “go go power rangers” sonando de fondo.

A pesar de todo esto, o precisamente por la libertad que otorga asumir el propio espíritu de autoparodia, Israelite se molesta en buscar momentos interesantes dentro del maremágnum, como la citada e inusual escena inicial –que luego será repetida ya sin tanto impacto en la huída de la mina- o las escenas que ocurren bajo –o sobre- el agua. Así, mientras que otras sagas mucho más grandes se preocupan por gastar millones y contratar a estrellas para luego ofrecer productos pobres y sin garra –y me estoy acordando de Independence Day: Contraataque (Independence Day: Resurgence, Roland Emmerich, 2016)- Power Rangers sabe desde el primer momento en qué liga juega y puede construir desde ahí una película con algunos puntos interesantes y que exceptuando un tramo central demasiado lento, algo que acusan últimamente muchas películas de acción, resulta ser un efectivo vehículo de acción.

Mención aparte merece la escena post créditos, una herramienta que se ha convertido ya a estas alturas en un elemento casi ineludible en cierto tipo de cine como la femme fatale en el cine negro o la persecución de vehículos en el cine de acción, pero que excepto algunas destacables excepciones –lo de Shyamalan en Multiple (Split, M. Night Shyamalan, 2016) es inesperado y muy muy acertado- se ha convertido en algo totalmente rutinario y predecible. ¿Es necesario incluir a modo de escena post créditos una escena que cualquier aficionado a la serie original puede adivinar antes incluso de entrar en la sala?


lunes, 10 de abril de 2017

Tales From The Darkside, Joe Hill, Gabriel Rodríguez y Mario Benedetto

Para entender el origen de Tales From The Darkside, el cómic firmado por Joe Hill, Mario Benedetto y Gabriel Rodríguez, tenemos que remontarnos a 1983 cuando se emitió el primer episodio de la serie de televisión homónima. Esta era una serie antológica de terror producida por George A. Romero que se emitió en Estados Unidos en la década de los 80 y que surgió en parte gracias al éxito de algunas películas de terror que el realizador había estrenado recientemente, como la popular Creepshow.  Una de las personas que participó en la serie (acompañado por maestros como Clive Barker, Tom Savini o Fritz Weaver) fue Stephen King quien ya había colaborado con Romero escribiendo Creepshow y que aquí colaboró en dos episodios. Independientemente de que solo escribiese estos dos capítulos, las historias que aquí se contaban y el tono de la serie formaban parte de una conceptualización del terror de la que King era uno de los máximos exponentes en aquel momento. Esta herencia fue poco a poco anidando en la mente del más dotado de los hijos de King, Joe Hill.

Joe Hill quien muchos piensan que fue escritor de novelas antes que de cómics (no lo es, él mismo ha reconocido en más de una ocasión que llevaba escribiendo cómic mucho antes de publicar su primera novela) se ha convertido por derecho propio en el heredero físico y espiritual de Stephen King. Leer alguna de sus novelas es casi como leer a un primerizo King y hablando en público es la viva imagen de su padre. Igual que a él, a Hill lo que le gusta es contar historias y no le hace ascos a nada, ya sean cómics, novelas, relatos o series de televisión. Fue precisamente la propuesta de una serie de televisión la que dio origen al cómic que nos ocupa. En 2013, CBS Television Studios contrató a Hill para llevar a cabo un reboot de Tales From The Darkside para la cadena The CW. Hill sería el director creativo y escribiría o participaría en la creación de los guiones. De hecho llegó a escribir los tres primeros, uno de los cuales fue filmado como piloto en 2015. Lamentablemente, como tantas veces ocurre en el mundo de la televisión, el piloto no llegó a convencer a los responsables del estudio y la serie fue cancelada, dejando aparentemente la antología de terror de Hill en el cajón de los proyectos inacabados de forma indefinida. 

Con unos referentes como los que traía la serie y el autor, no tardó en salir la noticia de que IDW se iba a encargar de llevar los tres guiones ya escritos para la serie al formato cómic y, teniendo ya a Joe Hill, no pudieron resistir la tentación de emparejarlo de nuevo con Gabriel Rodríguez junto a quien había firmado esa obra maestra de terror que se llama Locke & Key para realizar un primer arco, con la esperanza de continuar la serie si este tenía éxito. Lo que finalmente fue publicado a finales de 2016 y que ahora llega a España de la mano de Panini es este primer arco de 4 números tras el que vendría un segundo tomo ilustrado con los guiones originales escritos por Hill para la serie de televisión y que Panini publicará durante el mes de abril.

Antes de continuar hay que aclarar una cosa. Aunque en la portada del cómic aparezcan los nombres de Joe Hill y Gabriel Rodríguez, y aunque en multitud de reseñas aparezcan los mismos nombres como autores únicos, hay que dejar claro que el cómic no está escrito por Joe Hill. Este se ocupa únicamente de los argumentos, que son adaptados al cómic por Michael Benedetto, a la sazón editor de la serie. Esto básicamente significa que la labor de Hill en este cómic fue pasarle los guiones para televisión a Benedetto y dejar que este hiciera el resto. El propio Benedetto lo expresaba así en una entrevista concedida para la web Slackjaw Punks :

 “(…) coger uno de los teleplays de Joe y estrujarlo hasta convertirlo en un solo número (o dos) que tenga sentido por sí mismo.” Y continúa, “Él (Joe Hill) revisó los borradores antes de que yo empezara a escribir cada número, pero después del primer número, pareció bastante dispuesto a darme luz verde a cualquier giro o cambio que yo pensara que podría funcionar mejor en el cómic

Esto, independientemente de lo que opinemos de la obvia maniobra comercial de IDW al vender la serie como un cómic de Joe Hill sin serlo, naturalmente se nota. Cualquier lector que haya disfrutado de Locke & Key y ahora lea Tales From The Darkside reconocerá el espíritu de Joe Hill en el fondo pero no en la forma. El Hill de Locke & Key es mucho más  sutil, no necesita expresar la acción en los diálogos para hacer avanzar la historia y estructura las escenas de una forma perfecta en las que nada sobra o falta. En las historias de Hill el terror no viene de fuera sino de dentro. Cuesta diferenciar en ocasiones si lo más aterrador es lo que al personaje le sucede o lo que tiene lugar en el interior de su mente. Esto, que en Locke & Key quedaba claro y, en muchas ocasiones incluso explícito de una forma magistral –recuerden la llave que abre la cabeza de las personas permitiendo sustraer de la misma los terrores que en ella habitan- aquí queda algo disuelto no sabemos si por la labor de un segundo guionista o por la propia naturaleza de refrito del producto. Sin embargo todo queda maravillosamente equilibrado con el excelente trabajo de Gabriel Rodríguez, capaz de mostrar el terror absoluto con un dibujo aparentemente inocente que no hace sino aumentar el impacto por el contraste. Rodríguez utiliza un diseño y una narrativa conservadora sin demasiados alardes visuales, pero lo compensa con un extraño disfrute por lo raro. Convierte escenas completamente normales en algo insólito con unas pocas variaciones y da al cómic el ambiente de misterio y miedo por lo desconocido que necesita. En todo momento el lector sabe que algo extraño ocurre ante sus ojos aunque muchas veces no es capaz de distinguir qué.

Tales From The Darkside tiene un inevitable aspecto de producto inacabado, no solo por ser la adaptación de algo que nunca llegó, sino también por la extraña decisión de no reescribir los argumentos para formar un todo autocontenido. Estos cuatro números siembran la semilla de lo que imaginamos posteriormente veríamos desarrollado en la serie y lo deja ahí, quedando la historia inconclusa y sin promesa de continuidad. IDW, como ha hecho en otras ocasiones, lanza el cómic al mercado y, dependiendo de la recepción del público, decidirá si publica una continuación o no. No solo queda la incógnita de la continuación, sino de si, de haberla mantendrá la firma de Joe Hill o, ante la inexistencia de más guiones escritos para televisión, será dejada en manos de terceros el devenir de la serie. Este segundo caso quizá sea la razón por la que el proyecto parece estancado. El mundo extraño y fantástico de Joe Hill es con toda seguridad una de las grandes bazas de esta serie y, sin él, probablemente sea mejor dejar Tales From The Darkside en una anécdota, en una breve recuperación de algo que no debió ser, un guiño para fans, unas historias extrañas sin fin que alimenten la imaginación del lector.