martes, 2 de mayo de 2017

'John Wick: pacto de sangre', Chad Stahelski

Es casi obsceno ver cómo los estudios gastan millones en grandes producciones que uno tiene la sensación, desde el momento de leer el argumento, de que la película va a rodarse debido únicamente al capricho del productor de turno. Mientras tanto, directores cuasi desconocidos llevan a cabo sus propuestas de género más pequeñas, más baratas y mucho más personales sorprendiendo a propios y a extraños con cintas narradas con pasión y buen pulso. John Wick (Otro día para matar) (John Wick, Chad Stahelski, 2014) fue una de estas películas. Chad Stahelski y David Leitch –a pesar de no estar acreditado como director– son dos experimentados especialistas de cine que tras participar en decenas de películas querían dar el salto a la dirección y lo hicieron con este neo-noir adrenalínico protagonizado por un asesino profesional que se ve forzado a volver de su retiro. Y de paso resucitaron a Keanu Reeves y lo reintrodujeron en el panorama actual, algo que el actor llevaba años intentando sin éxito. La película quedaba lejos de ser una cinta perfecta, pero un contundente carisma y una propuesta aunque no original sí alejada de las principales corrientes narrativas actuales, hicieron que John Wick (Otro día para matar) se convirtiese a pesar de su casi nula promoción –en nuestro país ni siquiera llegó a estrenarse en salas de cine– en una pequeña película de culto. Tres años después, Stahelski, esta vez en solitario, vuelve a ponerse tras las cámaras para demostrar que el éxito de John Wick (Otro día para matar) no fue cosa de la suerte del principiante y que hay una propuesta sincera y contundente en su visión del cine de acción.


De nuevo con guión de Derek Kolstad, John Wick: Pacto de sangre (John Wick: Chapter 2, Chad Stahelski, 2017) retoma al personaje poco después del final de la primera película, atando los cabos que allí quedaron sueltos en una escena introductoria que plasma en pantalla lo que hizo triunfar a la primera película: escenas de acción contundentes, bien coreografiadas y bien planificadas, para dejarlo atrás rápidamente. Mientras que en la primera cinta John Wick (Keanu Reeves) se movía impulsado por el amor, entendiendo este de diversas formas: el amor a su mujer muerta –no nos engañemos, la acción no arranca porque maten a su perro, sino porque le quitan lo último que le quedaba de la mujer que había salvado su vida–, el amor a su coche, el amor a su trabajo ya olvidado; en esta continuación la única emoción que queda es la venganza, un sentimiento puro y descarnado de venganza. A este respecto cabe mencionar todas las molestias que toma por recuperar su coche, para acabar este completamente destrozado. Es lícito preguntarse si John Wick organiza toda esa escabechina para recuperar su coche o simplemente para vengarse de quienes se lo han quitado. Este sentimiento recorre toda la cinta siendo prácticamente el motor de la cinta y lo que provoca todas las acciones que acontecen. 

Pero tampoco vayamos a darle a la película más trasfondo del que tiene. No es una película que se caracterice por la profundidad de sus personajes ni tampoco lo pretende. De hecho podríamos decir que John Wick es prácticamente el mismo personaje desde el inicio de la primera película hasta el final de esta. No evoluciona, no cambia. Tan solo es una máquina de matar inmutable e imparable. Ese es precisamente su atractivo y el gran aliciente de la saga. Lo que el espectador quiere ver es a John Wick siendo John Wick. Y de esto hay mucho y bueno. 



Después de haber terminado con su venganza particular, John Wick regresa a su hogar y a su vida de paz, llegando incluso a enterrar las armas de nuevo, cuando aparece en su puerta Santino D’Antonio (Riccardo Scamarcio), un antiguo conocido que tiene con él un pacto de sangre. Esto es un acuerdo entre criminales que obliga a quien lo contrajo a cumplir cualquier petición que el otro le haga. En esta ocasión, D’Antonio quiere que Wick acabe con su hermana para tomar su posición en el control del submundo criminal. Tras una breve negativa y su lógica consecuencia John Wick acabará aceptando la misión y de nuevo la venganza lo llevará a prolongar su misión más allá de lo previsto.
John Wick: Pacto de sangre sigue a rajatabla las convenciones de una secuela y presenta básicamente lo mismo que su predecesora pero “más”. Cambiamos las calles de Nueva York por las catacumbas de Roma, en lugar de enfrentarse a una pequeña organización criminal rusa acaba haciéndolo con prácticamente todos los asesinos de la ciudad y el submundo criminal apenas insinuado en la primera parte –uno de los grandes atractivos de la saga con sus códigos, sus normas e incluso su propia moneda de pago– es aquí ampliado en todos los sentidos. Descubriremos que el Continental es una franquicia con establecimientos por todo el mundo, conoceremos al sumiller de armas, los pactos de sangre, la existencia de la Alta Mesa y muchos otros elementos que amplían la mitología de la saga. 


Y además de todo esto están las escenas de acción que continúan siendo el principal aliciente de la franquicia. Como conocedor de primera mano del género, Stahelski filma la acción con pulso firme ofreciendo escenas coreografiadas con mimo. No abusa de movimiento excesivo de cámara tan manido desde que lo usara Paul Greengrass en la saga Bourne –y nunca vuelto a utilizar tan magistralmente como él lo hizo– y opta por el camino contrario, mostrar todos y cada uno de  los movimientos de la acción, paladeando la coreografía y editándola cuidadosamente para no perder ni un solo movimiento de los actores. Además añade un cierto estilo visual quizá algo deudor de la saga Matrix en la elección de la música y la iluminación pero actualizado a 2017 que da como resultado escenas de acción tan memorables como la de los espejos en el museo. La principal balanza de John Wick: Pacto de sangre está en los personajes que se llevan la mejor y la peor parte de la cinta. En el lado positivo tenemos a Winston (Ian McShane), espléndido como siempre, o a Cassian (Common) que comparte con John Wick las mejores escenas de la película, tanto con acción como sin ella; pero en la parte negativa encontramos a un villano totalmente insípido y al personaje de Laurence Fishburne que no tiene ninguna excusa argumental sólida por la que estar presente en la cinta más allá del factor nostálgico de ver juntos de nuevo a los protagonistas de Matrix (The Matrix, Lana y Lilly Wachowski, 1999).


John Wick: Pacto de sangre retoma, amplia y mejora la saga iniciada con John Wick (Otro día para morir) y deja la puerta más que abierta para una segura tercera parte. Si esta sigue el mismo camino, tendremos probablemente una de las mejores sagas de acción de los últimos años, pero el desafío está en dos puntos: por un lado mantener la solidez en las escenas de acción sin caer presa del gran presupuesto virando hacia una acción más “superheroica” y digital y por otro, conservar el espíritu de película pequeña que la primera parte realmente tenía y que esta hace el esfuerzo de mantener, y que, de nuevo debido al aumento de presupuesto, no se les vaya la mano ampliando la mitología y ensuciando lo que está siendo un buena saga.

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