miércoles, 23 de diciembre de 2015

Necrópolis, Marcos Prior

Necrópilis (Marcos Prior, Astiberri, 2015) es la lectura más adecuada en estos momentos. Es un cómic que reproduce y en ocasiones predice lo que ha estado ocurriendo las últimas semanas en España a raíz de las elecciones generales. Pero no es un cómic anclado a su tiempo. Estoy convencido de que Necrópolis es una de esas historias que puede leerse en diferentes épocas y encontrarle una referencia social válida diferente en cada una. Es una de esas historias atemporales que muestran la política tal y como es y ha sido siempre. Incide en los aspectos más bajos de nuestra sociedad, y muestra la campaña electoral con una agudeza asombrosa.

Necrópolis narra en un futuro cercano la campaña electoral para la alcaldía de una ciudad ficticia pero que todos podemos reconocer. Uno de los grandes aciertos de Prior está en crear una gran urbe genérica que pueda ser cualquiera o ninguna de las conocidas, en España o en el extranjero y poblarla con habitantes extremos pero que en ningún momento nos resultan extraños. Prior utiliza el cliché para definir a sus personajes, todos son la versión extrema de prototipos con los que nos cruzamos por la calle todos los días, y es a través de esa exageración de las personalidades como llegamos a relacionarlos con sus referentes reales con la distancia suficiente como para reconocerlos y juzgarlos. Y aunque todos son importantes ninguno es el centro de atención. El protagonismo en Necrópolis es coral y está formado por todas las personas que habitan esa gran urbe, que participan en las elecciones y sufren sus consecuencias y que viven asoladas por el escenario dejado por una gran crisis. Al fin y al cabo está formado por todos nosotros. El uso de diferentes estilos narrativos – prensa, noticiario televisado, redes sociales…- da la sensación de que toda la historia es real y la estamos viviendo en el momento de acontecer. Igual que en la vida real leemos el periódico por la noche, consultamos las redes sociales y hablamos con compañeros durante el día y vemos los noticiarios por la noche, lo mismo ocurre en Necrópolis, dando la sensación de cotidianidad a pesar de los sucesos que ocurren. No solo muestra la campaña si no lo que está ocurriendo a personas anónimas en los días de campaña, ensamblando en conjunto una visión global de la ciudad y dejando transpirar el ambiente cultural, el zeitgeist de la sociedad. Y de nuestra sociedad. 


La agudísima mirada de Prior no solo define a la perfección a algunos de los personajes, claramente influenciados por personalidades reales -no solo políticos si no también otras personalidades públicas claramente reconocibles-, si no que es capaz de predecir sucesos que han ocurrido en la campaña de las elecciones reales de hace unos días y plasmarlos en el cómic. El debate a cuatro por ejemplo, o, más sorprendente aún, la agresión a uno de los candidatos. Necrópolis disecciona al detalle nuestra sociedad y la muestra de forma directa, visceral, con todos sus vicios e incongruencias. No es un cómic optimista, todo lo contrario, es un cómic que no se preocupa por dejar bien a nadie, no solo no quiere mostrar la cara buena de los políticos si no que duda incluso de que la tengan. E igual que juzga a los políticos, lo hace con los ciudadanos, muchos en un camino desviado y con acciones más que discutibles, otros sobreviviendo en la época que les ha tocado. Una de las mejores secuencias del cómic, especialmente en lo narrativo, es cuando una serie de ciudadanos cuentan sus vidas y las penurias que viven durante estos años de crisis a razón de una persona por página; lo que comienza con una página de 16 viñetas con una persona contando su problema de psoriasis, va poco a poco agravándose y adquiriendo un tono más pesado conforme los problemas de la gente van empeorando: un vendedor callejero de 48 años, un hombre en el paro después de una amplia vida laboral, un escritor de éxito que no tiene dinero ni para el alquiler, etc. Esta decadencia social, este aumento de la gravedad de las situaciones vitales se ve acompañado por la eliminación de una viñeta en cada página que es sustituida por un fondo completamente negro. El peso del negro va aplastando cada vez más a las personas que cuentan sus problemas igual que el peso de la vida aplasta cada vez más a los propios ciudadanos. La última página contiene una única y pequeña viñeta en una inmensidad negra, con un hombre que dice: “Me llamaban Eric sonrisa telefónica. Antes, cuando estaba vivo.” Necrópolis es narrativamente una maravilla, con un uso del lenguaje del cómic muy detallado y tras el que se aprecia una gran reflexión. A pesar del uso de diferentes técnicas y del protagonismo difuso, el cómic resulta perfectamente equilibrado en sus tiempos, saltando de un escenario a otro con naturalidad y aportando las pinceladas necesarias de cada personaje para que tengan su peso en la narración pero no eclipsen a la propia historia.


El cómic comienza con la escena final de la primera temporada de True Detective, con los agentes Cohle y Hart dialogando sobre la luz y la oscuridad en el universo. Prior toma esa idea y crea su cómic a partir de ahí, usando el concepto de oscuridad para definir la sociedad. Lo hace en ocasiones de forma literal –los continuos apagones que conllevan toda una ola de crímenes- y otras de forma metafórica –podríamos hablar de la oscuridad interna de algunos personajes de moral cuestionable-. En oposición, el cómic finaliza con una secuencia de varias páginas formada cada una por dos viñetas sin diálogo, mostrando únicamente instantáneas de una ciudad en decadencia. Llama poderosamente la atención que frente al pesimismo que emana de las últimas páginas, el único apunte optimista del cómic esté precisamente en la primera página y dentro de una historia de ficción –dentro de la propia historia se entiende- cuando el personaje protagonizado por Matthew McConaughey dice: “La luz está ganando… El mero hecho de su existencia es una victoria…”. Necrópolis recorre el camino al revés, del optimismo al pesimismo. Comienza con la esperanza que suponen unas elecciones, la llegada del cambio y finaliza con un “todo sigue igual”.

Necrópolis es un cómic necesario y de enorme actualidad y hay que tomárselo, pese a su ambientación futurista, como un documento informativo, un objeto de estudio si se quiere comprender la sociedad de comienzos del siglo XXI. Marcos Prior no se molesta en endulzar las cosas y presenta una sociedad profundamente pesimista, caída en desgracia, con un cuerpo político que vive ajeno a los problemas reales y una separación de clases que no hace si no aumentar los problemas existentes. Una mirada amarga de nuestra sociedad y de nosotros mismos que formamos parte de ella sin cambiarla. 

jueves, 17 de diciembre de 2015

La ficción, Curt Pires y David Rubín

Siempre he creído que ser diferente ayuda, especialmente en carreras artísticas o creativas. Ser raro es bueno, y de raro David Rubín tiene un rato. En el buen sentido por supuesto. En España estamos acostumbrados a dos tipos de dibujantes, por un lado los que se dedican a cómic de autor, generalmente sin interés en trabajar en el mercado norteamericano, son autores a quienes les gusta crear sus propios cómics en solitario o conjuntamente con un guionista, pero siempre desde una posición muy personal, controlando todo el proceso y por supuesto manteniendo los derechos sobre su obra. Por otro lado están aquellos que habiendo crecido leyendo a Superman o Los Vengadores han soñado toda su vida con dibujar tebeos de superhéroes, y han logrado entrar en el mercado estadounidense en una de las grandes editoriales –con unas filas cada vez menos americanas y más internacionales– dibujando a los más grandes superhéroes. Estos dibujantes trabajan sobre un guión ajeno, al que usualmente pocas aportaciones pueden hacer, y son entintados y coloreados por otros profesionales, resultando al final responsables tan solo de una parte del producto y dueños de ninguna. Ambas elecciones de carrera son igualmente válidas, y en cada una de ellas podemos encontrar grandes artistas españoles, síntoma por otro lado de la buena cantera de creadores de cómic que tenemos en este país. Es tan difícil encontrar dibujantes del segundo tipo que se adentren en obras de autor como creadores del primer tipo con el interés o la capacidad de trabajar en el mercado norteamericano. David Rubín es uno de estos raros ejemplares que puede permitirse oscilar con facilidad entre ambos mundos. Tras una sólida obra en España como autor completo de la que destaca sin lugar a dudas El Héroe (Astiberri, 2011-2012), esa revisión del mito de Heracles que publicó en dos volúmenes, se lanzó de lleno a una obra con guión ajeno de la mano de Santiago García, Beowulf (Astiberri, 2013). Uno de los más completos y espectaculares cómics creados en España en los últimos años, una monstruosa adaptación del mito anglosajón –sí, otro mito, todo en David Rubín tiene un punto mitológico- que sorprendió tanto por su cuidado guión como por su espectacular dibujo y de la que ya escribí  en su día aquí y aquí. Tras esto, Rubín pareció cogerle el gusto a trabajar con guionista –y digo “con” y no “para” y es un matiz importante- y entró de lleno en el mercado norteamericano con las historias de Aurora West (First Second, The rise of Aurora West, 2014 y The fall of the house of West, 2015) junto a Paul Pope, un cómic de aventuras orientado a un público más juvenil de la que ya ha dibujado dos tomos. Ahora Rubín  continúa su particular conquista de las Américas con La ficción (The fiction, BOOM! Studios, 2015), creado junto a Curt Pires y publicado originalmente por BOOM! Studios, una de esas editoriales de cómics independientes que más guerra da a la ya todopoderosa Image. Con esta obra Rubín da un paso más en su trabajo dejando que sea otra persona la que se encargue del color de la obra –trabajo por cierto sobresaliente que se acerca enormemente a lo que el propio Rubín habría hecho– y adaptando su trabajo al formato comic-book mensual, con el que no había trabajado todavía. Mientras que algunos dibujantes entran en el mercado americano por la puerta grande, dibujando Batman o Spiderman y pasando a formar parte de esa gran tropa de dibujantes de superhéroes con la calidad suficiente como para dibujar para las grandes editoriales pero sin esa chispa que los haga únicos, Rubín está entrando pasito a paso por la puerta de atrás, dejando su huella poco a poco en la industria y afianzando su carrera desde los cimientos.


Leyendo La ficción me he acordado del primer Stephen King, especialmente de It con la que comparte más de uno o dos elementos. El Stephen King de aquella época era un maestro en crear atmósferas, en mostrar mundos fantásticos, generalmente terroríficos de una forma que parecía plausible, sabía cómo jugar con los miedos primarios y trasladarlos a un escenario que por muy extraño que fuera siempre tenía algo que resultaba familiar. Stephen King te hacía mirar debajo de la cama por si se había colado un payaso. La ficción toma ese camino, protagonizado por cuatro niños que un día descubren un libro que los transporta literalmente a un mundo fantástico formado por mundos increíbles y personajes de ficción en el que pasarán las horas jugando y descubriendo. Por supuesto nada es lo que parece y lo que al principio es todo diversión acabará torciéndose cuando uno de ellos desaparezca repentinamente. Como en It, años después los amigos restantes volverán a juntarse y adentrarse en el mundo fantástico del libro cuando otro horrible suceso les obligue a actuar. La ficción consta de cuatro números y lo primero que se echa de menos al leerlo son otros cuatro números más. Parece que se cuentan demasiadas cosas en pocas páginas y se echa en falta algo de espacio para asentar la historia con seguridad –en esto es completamente opuesto a King y su verborrea narrativa¬–. Ciertas escenas parecen resolverse de forma demasiado apresurada. A pesar de ello, Pires y Rubín suplen esto con grandes dosis de imaginación y con un espectáculo visual emocionante. Rubín sabe cuándo ser espectacular, y cuando trazar unas líneas más calmadas aprobando ambos registros con holgura. El dibujante se presenta como un autor polivalente, capaz de dibujar cualquier escena que se le ponga por delante sabiendo transmitir en su trazo, en las expresiones de sus personajes cualquier tipo de emoción y dibujando unas escenas de acción que tiran de la silla sin caer en el recurso fácil de la narrativa cinematográfica, ante todo lo que tenemos delante es un cómic. En cuestión de pocas páginas Rubín pasa de la aventura juvenil al terror o a la acción más vibrante, y en ningún momento se perciben los puntos de sutura, el dibujo hace fluir la historia haciendo que, como en las novelas de Stephen King, todo parezca plausible.

La ficción supone pues un paso más en la carrera internacional de David Rubín, un paso firme que le acerca a nuevos formatos y a nuevos lectores y que le hace crecer como autor. Queda pendiente ver si la serie tiene el suficiente éxito como para continuar en el futuro, con más tranquilidad y nos permite seguir disfrutando de ese increíble mundo creado por Pires y Rubín. No quisiera acabar sin destacar el fantástico trabajo realizado por Astiberri en su edición española, una publicación cuidadísima con un capítulo entero de bocetos y que la convierte además en la primera edición recopilada de la obra en todo el mundo.

lunes, 14 de diciembre de 2015

Cómics sensacionales, Santiago García

Después de una semana inmerso en el fascinante ejercicio que nos propone Santiago García en Cómics Sensacionales, me cuesta un gran esfuerzo definir este libro. No sabría decir muy bien si es un ejercicio de crítica subjetiva –¿acaso existe otra?– o uno de memorias personales pasadas a través del tamiz del cómic. Probablemente sea una mezcla de ambos. Podríamos añadir el posesivo “mis” al comienzo del título del libro para hacer una definición más certera. García habla a lo largo de casi 350 páginas de los cómics que le han marcado especialmente en una vida llena de ellos –no hace falta presentar aquí a Santiago García, guionista, crítico, divulgador, traductor de cómics…–, y si algo deja claro desde el principio es que no son los mejores cómics de la historia si no sus mejores cómics. Y a veces ni siquiera eso. La elección de García se ve marcada por diversos factores: en ocasiones la importancia que tuvo un tebeo determinado en la historia del medio, en otras el impacto en su biografía personal por el momento vital en que lo leyó, otras veces se trata de la relación que lo une al autor de la obra, o la importancia que tuvieron determinadas historietas en su propia carrera y en su modo de entender el medio. Y todo con un estilo subjetivo, ameno y divulgativo pero siempre sin perder el ojo crítico que coloca cada cómic en su lugar dentro de una historia compartida.

Pero Cómics Sensacionales es también un detallado texto sobre historia del cómic. Gracias al enciclopédico conocimiento del medio que tiene García, cada cómic tratado queda perfectamente ubicado dentro de una corriente, con unos referentes claros y unos descendientes directos. Al acabar de leer el libro queda la sensación de haber contemplado una gran mosaico formado por algunos de los cómics más importantes en la historia del medio, cada uno ubicado en un lugar, y casi parece intuirse la figura de un gran árbol por detrás uniendo con sus ramas cada uno y formando corrientes y escuelas independientes. El destino ha querido que recientemente haya leído Breve Historia del Cómic de Gerardo Vilches, publicado hace ya un año por Nowtilus, y poniéndolos el uno junto al otro se desvela una inesperada sintonía. En Breve Historia del Cómic, Vilches repasaba toda la historia del cómic de una forma mucho más organizada, desde el punto de vista del historiador, atravesando todas las corrientes artísticas y todos los países, a través de las diferentes escuelas. De forma amena y clara hace un ejercicio de síntesis asombroso para contar absolutamente todo en apenas 300 páginas. Esto obviamente obliga a perder detalle en las obras y autores, salvando algunas pinceladas dispersas, pero ese obviamente no es el objetivo del libro. Por eso parece encontrar el complemento perfecto en Cómics Sensacionales. Ambos libros pueden entenderse como dos volúmenes de una misma obra. El detalle y desarrollo de algunas historietas y autores que necesariamente le falta a Breve historia del cómic lo aporta Cómics Sensacionales mientras que los hilos generales que han ido tejiendo la historia del medio y los movimientos que han permitido el paso de un cómic a otro de los que escribe García lo aporta el libro de Vilches. Si alguien quiere una panorámica completa de la historia del cómic, con detalle, rigor histórico y planteamiento crítico ha de leer estos dos libros. Cuantas más veces mejor.


Cómics Sensacionales tiene un valor añadido al de texto crítico y divulgativo del cómic, y es su función de afianzar una forma de entender la crítica de cómic. Frente a un modelo crítico más académico, objetivo y sobrio, semejante en el ámbito cinematográfico al análisis fílmico más puro, García plantea la crítica que ha estado ejerciendo durante todos estos años –no es el único-, una forma de escribir desde la subjetividad más honesta, una crítica que entiende un cómic no solo como obra con unas características determinadas dentro de una escuela artística si no como parte de la propia historia del que escribe, relacionándolo con otras lecturas, con momentos vitales que hacen que un cómic tome una importancia en la vida de un escritor que quizá no tenga en la de otro. Esto queda patente en el libro en numerosos momentos pero uno de los más claros es cuando hablando de Tintín dice:

“La conexión emocional la establece mi mirada de niño, que todavía se proyecta desde detrás de mis gafas de vista cansada. 
De modo que sí, que tal vez si no leíste Tintín de niño no lo vas a pillar de mayor. Ya no hay nada que hacer. Es demasiado tarde. Con lo cual solo puedo decir: si no leíste Tintín de niño, lo siento por ti. Eso es algo que ya nunca podrás recuperar.”

El cómic es un arte íntimamente ligado a la infancia, la inmensa mayoría de lectores han comenzado a leer tebeos de niños y el impacto que estos tuvieron en sus fértiles e imaginativas mentes infantiles es lo que los ha llevado a seguir comprando y leyendo historietas a lo largo de los años. Entre un cómic y un lector se crea una relación íntima que raramente se encuentra en el cine, la literatura o la pintura. También ocurre sí, pero me da la impresión de que en muchas menos ocasiones. Quien ha sido lector de cómics no puede recordar un momento de su vida sin ellos, sin la compañía de Tintín o de la Patrulla-X, sin repasar su tebeo favorito hasta que se cayeron las grapas. Y eso necesita una forma de hacer crítica diferente a lo acostumbrado. O quiero decir con esto que esta corriente crítica –permitidme llamarla así– deba dejar de lado el rigor analítico y la seriedad, todo lo contrario, a los estándares que deberían exigírsele como disciplina crítica se añade un extra más, el más difícil todavía: conjugar ambas facetas, la objetiva y la subjetiva, la analítica y la personal. Esto no invalida por supuesto las aproximaciones más académicas, más objetivas, que también son necesarias, si no que plantea únicamente una forma de entender los cómics, en la que el crítico siempre lleva de la mano al lector de 8 años que una vez descubrió un mundo nuevo entre un montón de viñetas de colores. Y Cómics Sensacionales es el mejor ejemplo de ello.

En cualquier caso, y dejando de lado estas reflexiones, el mayor valor de Cómics Sensacionales es el de levantarte del sofá y llevarte a tu librería, disfrutar tu colección, revisitar cómics largo tiempo leídos, ver con nueva mirada cómics que creías saberte de memoria, descubrir elementos que no sabías que estaban ahí. E incluso pasar por tu librería habitual y llevarte ese cómic que nunca has leído, bien por falta de tiempo, bien por falta de interés y que ahora, a través de los ojos de Santiago García de pronto ha llamado tu atención. Cómics Sensacionales es un libro que te hace dejar el libro para coger un tebeo.

martes, 8 de diciembre de 2015

La Casa, Paco Roca


Paco Roca está obsesionado con la memoria, con cada nueva obra ha ido ampliando más el campo yendo de lo más intimo y concreto a lo más externo –en cuanto a la trama no a su tratamiento que siempre ha puesto el acento en la faceta más personal de los personajes–. En Arrugas (Astiberri, 2007), obra cumbre sobre el tema, nos enseñó la importancia de la memoria personal, sobre todo cuando esta va desvaneciéndose; en El Invierno del Dibujante (Astiberri, 2010) mostró una parte de la memoria de la historieta española, uno de esos episodios a recordar, cómo unos valientes lucharon contra las adversidades para perseguir un sueño en una industria casi monopolista; y en Los Surcos del Azar (Astiberri, 2013) narró un importante episodio de nuestra memoria nacional con tropas españolas en la liberación de París. Sin embargo en La Casa (Astiberri, 2015) retornamos a un Roca de alcance más íntimo. La Casa habla de la memoria familiar, de ese conjunto de recuerdos y vivencias que se crean en torno a un núcleo familiar y que son inherentes a este, esas vivencias que solo pueden entenderse dentro de un grupo de personas formado por unos padres y unos hijos. Toda una mitología forjada a base de años de vida compartida, llena de confidencias y bromas secretas que solo los miembros conocen. Podríamos decir que La Casa comienza donde termina Arrugas. En la primera escena del cómic, el anciano propietario de la casa del título, Antonio, fallece. Y fallece fuera de plano, casi de forma sugerida y Roca lo cuenta en apenas dos páginas sin texto con una sencillez que contrasta enormemente con la carga emotiva de la escena. Sentimos la muerte de un hombre que no conocíamos viendo el abandono de su casa, un lugar al que suponemos ha dedicado su vida y que ahora yace a merced de los elementos conforme las estaciones se acumulan. Con la misma sencillez y realismo se desarrollará el resto de la obra, más que mostrando los sentimientos, dejándolos supurar en el espacio que hay entre las viñetas, entre los globos de texto, en los silencios de los personajes.

Leer La Casa ha sido como revisar un álbum familiar. Con algunos puntos en común entre mi biografía personal y lo narrado en el cómic es difícil no sentirse identificado con las escenas que uno tiene delante. Supongo que será algo que tenemos en común varias generaciones actuales, descendientes de una generación que vivió una España de guerra o de posguerra y que no vio nunca nada regalado. Personas que hicieron un enorme esfuerzo personal por ahorrar, un poquito cada mes para, con ese dinero y el sudor de su frente, legar a sus hijos lo que ellos nunca tuvieron. Lo mismo un chalet en la sierra que un piso en la playa, esta segunda vivienda se convirtió en el centro de la vida familiar cualquier día festivo del año y nuestra generación disfrutó de ella de niño, la repudió de adolescente y la apreció con cariño y nostalgia una vez adultos. El acierto de Roca es mostrar esto, no de forma lineal en el momento temporal de estos sucesos, si no de forma retrospectiva a través del tamiz de la nostalgia que cada uno de los hijos siente al regresar a la casa de vacaciones familiar una vez el padre ya no está. Tres hijos que de tan diferentes entre sí solo podían ser hermanos, que vivieron la casa en diferentes momentos de su historia y que visitan, primero por turnos y luego todos juntos la casa familiar para recoger viejos trastos y adecentarla un poco con el objetivo de venderla, y que (re)vivirán algunos de los mejores momentos de su infancia deambulando junto a sus paredes.



Pero si es gracias a los recuerdos de sus tres hijos que conocemos la vida de Antonio, es gracias a Manolo, su vecino y amigo, con quien pasaba las horas arreglando el jardín o hablando de horticultura que llegamos a conocer sus sentimientos y aspiraciones. Manolo aparecerá tan solo un par de veces por la historia pero en ambas aportará importantes datos para la construcción del personaje de Antonio. En una hará ver a uno de los hijos la importancia que este tenía para su padre, cómo fanfarroneaba de él y lo mucho que lo quería, momento en que el hijo cambia su visión sobre su padre y por extensión sobre la casa y que lo llevará más adelante a comprar la pérgola nueva. La otra será para explicar la historia de la higuera que hay en el jardín, una planta que nunca ha crecido ni dado fruto pero que sigue viva únicamente gracias a la pura fuerza de voluntad de Antonio que la cuidaba con especial interés. La higuera representaba para Antonio su infancia, sus sueños y aspiraciones, el recuerdo de los momentos felices de su niñez. La pérgola por el contrario, representaba sus aspiraciones como adulto, ese afán de dar a su familia lo que él nunca tuvo, de tener una familia unida y feliz alrededor de esa casa. Finalmente con sus hijos comprando y montando la pérgola que a él le hubiera gustado, el deseo de Antonio, aunque tarde, se hace realidad. 

Dos escenas me parecen especialmente brillantes y definitorias de esta obra y además son dos escenas que sirven para resumir en buena medida el universo creativo de Paco Roca. La primera son las páginas que cuentan los meses posteriores a la operación de Antonio, meses en los que milagrosamente pareció recuperarse antes de finalmente decaer y morir, un proceso que todos los que han visto a alguien cercano fallecer conocen. Con una sucesión de páginas de idéntica estructura el paso del tiempo queda marcado por el clima que se observa en el exterior y los carteles que cuelgan en la consulta del médico –periodo de vacunación, de alergias, etc– y mes tras mes padre e hija acuden a la consulta siempre sentados juntos en la sala de espera, al principio en completo silencio, nada más salir de la operación, luego conversando animadamente cuando él parece recuperado, y finalmente en el momento en que ella le asegura que ya no va a volver a conducir, él se hace cada vez más pequeño, finalmente derrotado y se deja morir. Si ya no puede conducir, no puede seguir yendo a su casa, a cuidar su higuera o a hacer arreglos en el jardín. Sin su mujer, fallecida años atrás, y sin su casa, y no le quedan razones para seguir adelante y ya no vuelve a hablar ni a levantar la cabeza hasta su muerte.

La segunda escena es la última en la que Manolo, el amigo y vecino de Antonio entra en la casa, ahora ya definitivamente abandonada y puesta a la venta, con un bocadillo y una bebida para almorzar en el jardín como solía hacer con él y rememora una de las últimas conversaciones que tuvieron. La Casa es una historia de pérdidas. Antonio pierde su casa y a causa de ello acaba perdiendo las ganas de vivir, los hijos pierden a su padre y con ello una parte de su pasado, pero en esta escena la pérdida última es la de Manolo que ha perdido a su único amigo, probablemente el último. Uno de los hijos le había dejado llaves de la casa con instrucciones de que se llevara todo aquello que quisiera o pudiera necesitar. Antes de marchar, Manolo se lleva la higuera. 

Cuidad bien la higuera, o se morirá